2017ko azaroak 24, ostirala
Atzo Atzokoa

Autores:   Barandiarán, José Miguel de
Titulos:   Discurso leído en la solemne apertura del curso académico de 1917 a 1918 en el Seminario Conciliar de Vitoria
Materias:  Monumentos megalíticos - Euskadi / Dólmenes - Euskadi
Editores:  Imp., Lib., y Enc. del Montepío Diocesano, Vitoria, 1917
 

Localizacion              Sign.Topografica
FONDO DE RESERVA          C-9 F-13

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DISCURSO
LEÍDO EN LA
SOLEMNE APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO
DE 1917 A 1918
EN EL
SEMINARIO CONCILIAR DE VITORIA
POR EL
LIC. D. JOSÉ MIGUEL BARANDIARÁN
PROFESOR DEL MISMO SEMINARIO
VITORIA
IMP., LIB. Y ENC. DEL MONTEPÍO DIOCESANO
SAN ANTONIO, 8 Y 10
1917.
 
 

ILMO. Y RVMO. SEÑOR:
MUY ILUSTRES SEÑORES:
SEÑORES:

I
La inteligencia humana, ora cuando penetra en la inmensídad de los cielos busca impaciente los apartados términos del espacio, ora cuando examina en la tierra las huellas que dejaron los tiempos pasados, indaga afanosa los no menos alejados límites de las edades geológicas. Diríase, pues, que aspira a la conquista de los seres que pueblan el tiempo y el espacio.

Sirviendo de base el método comparativo llevado a su más alto grado, y recibiendo el tributo de todas las demás ciencia, han progresado hoy extraordinariamente los conocimientos, cuyo objeto apenas había logrado excitar la curiosidad del hombre hasta hace pocos años. Es que el orden y método de los antiguos, en el estudio de ciertas materias, adolecía tal vez de graves defectos de que todavía no nos hemos curado enteramente. Poseyendo no más que dos o tres datos medianamente estudiados, inventábanse, y áun discutíanse con calor, las variadísimas conclusiones que los prejuicios del uno y las sutilezas del otro intentaban en vano consolidar. De esa manera hacíase difícil asentar una verdad científica, ni se hubiera llegado jamás a resultados satisfactorios con aquel apriorístico discurrir, si en buena hora no hubieran sido abandonadas las disputas para retirarse cada cual a su especialidad, y arrancar a la naturaleza datos preciosos de experimentación, que han sido y serán siempre elemento primordial y fecundo de todo conocimiento empírico.

Gracias a tal ventajosa mudanza en los procedimientos, el globo terrestre se ha mostrado como un libro abierto, en cuyas páginas, que son los estratos de su corteza, están escritas de mano maestra las vicisitudes por que ha pasado, no ya la misma tierra, sino también las especies vivientes, sin exceptuar la humana. En lo que atañe a ésta, no tenemos ningún profano documento histórico de aquellas remotas edades de la humanidad; por eso el estudio que aclara su enigma, y las saca de la obscuridad en que están envueltas, se llama Prehistoria: ciencia, cuyos datos más antiguos se confunden con los de la Geología cuaternaria.

No quiero, ni debo hacer un resumen de lo mucho que se ha escrito sobre los monumentos que son la base de estas investigaciones; ni mucho menos relatar los asombrosos descubrimientos realizados en los principales países del mundo: que muy larga es la serie de los hallazgos, y cortos los años de esta vida para poder abarcar todos.

Me limitaré, pues, a reseñar los que, con más o menos felicidad, se han llevado a cabo en esta nuestra diócesis, y describiré como pueda los hechos, ya que muchas interpretaciones en el estado actual de la ciencia a pesar de sus progresos, serían hipotéticas, cuando no demasiado aventuradas ó erróneas.

II
Al hablar de la edad paleolítica, prescindimos del pretendido hombre terciario, pues, como dice Ranke (I), las huellas humanas más antiguas, tanto en Europa como en las demás partes del mundo, no pasan de la época diluvial.

Tampoco tenemos noticia de haberse hallado en nuestra región restos de aquellos primitivos habitantes cuaternarios que acampaban en anchas planicies a la orilla de caudalosos ríos, disfrutando de benigno y templado clima, rodeados de numerosos animales de fauna cálida, como Rhinoceros Merckii y Elephas antiquus; ni de aquellos, cuya industria fué descubierta en los aluviones de Saint Acheul; ni de los que, a causa del recrudecimiento de los fríos, se refugiaron en las cavernas de Moustier, de Aurignac (Haute Garonne) y de Solutré. Y no porque aquellos hombres no llegaron a animar con sus alegres cantos nuestros valles y montañas, sino por la cortedad de nuestros recursos y falta absoluta de exploraciones que nos suministren fecundos datos de investigación; pues sabemos que en muchos puntos de Francia, y aun de España, formaron estaciones paleolíticas de la mayor importancia, cuyo influjo mutuo en el desarrollo del arte implica frecuente comunicación entre sí, comunicación que se obraría muchas veces por mediación de las tribus habitadoras entonces de la actual región vasca.

Probablemente pasaron por aquí casi todas las civilizaciones del período paleolítico. Parece que las más antiguas atravesando la Península y los Pirineos, invadieron las otras regiones de Europa, al paso que las más modernas vinieron de allí a ocupar nuestro país, exceptuando, sin embargo, la del magdaleniense superior y tal vez alguna otra, que según los últimos descubrimientos del Conde de la Vega del Sella (2), parece tuvo su origen en Asturias, y de ahí se extendió hasta Francia (3).

Las más antiguas huellas humanas descubiertas hasta hoy en estas provincias, fueron reconocidas en las cuevas de Aitz-bitarte (Landarbaso), de Armiña (cerca de Lequeitio) y de Balzola (cerca de Dima) (4). En la de Armiña, descubierta por a. de Gálvez-Cañero, ha sido reconocido el nivel magdaleniense con Rangifer Tarandus (5); y en la de Balzola, célebre por las muchas descripciones que de ella se han hecho, fueron señalados sucesivamente los niveles magdaleniense (6), aziliense y neolítico. Se halla ésta situada a cinco kilómetros al S. de Dima, y según el ingeniero belga don Carlos Collete, es digna de admiración esta magnífica gruta, "enteramente llena de estalactitas y cuyo ingreso corona una bóveda rebajada, de tal anchura, que llena de asombro aun a las imaginaciones más atrevidas" (7).

El primero que visitó esta cueva con fines puramente científicos, y halló importante instrumentos silíceos de arte magdaleniense, fué el sabio Jagor, miembro de la Sociedad Antropológica de Berlín. Más tarde fueron realizadas algunas excavaciones por A. de Gálvez-Cañero (8), quien halló gran cantidad de sílex tallados, pertenecientes al mencionado grupo, y otros clasificados de azilienses por el insigne abate Breuil, y un trozo de instrumento de piedra pulimentada, indudablemente neolítico.

Situadas en la jurisdicción de Rentería, a 15 kilómetros de San Sebastián, se hallan las tres cuevas de Aitz-bitarte, exactamente sobrepuestas, como tres pisos de un gran edificio de extensas cámaras e intrincadas galerías. La del medio y la superior son las más importantes y las que han suministrado buena serie de objetos paleontológicos y arqueológicos. Fueron descubiertas por el Conde de Lersundi, quien realizó las primeras excavaciones el año 1892, y halló numerosas conchas, restos de abundante fauna cuaternaria (Ursus spelaeus, Hyanea spelaea, Cervus tarandus, etc.) y varios instrumentos de piedra y de metal trabajados en diversísimas épocas por la mano del hombre.

Estos objetos y los hallados en las mismas cuevas por el benemérito D. Pedro Manuel de Soraluce, se conservan actualmente en el Museo de San Sebastián, donde fueron estudiados y definidos por el sabio paleontólogo francés M. Edouard Harlé (9).

Huesos del oso de las cavernas y de otras especies ya extinguidas fueron descubiertos en abundancia; mas no estaban acompañados de utensilios u otros vestigios, que nos revelaran el paso del hombre por aquellas cavernas durante las antiquísimas edades del paleolítico inferior. Sin embargo, los restos de Rangifer tarandus con numerosos instrumentos, algunos tallados en sílex, y otros trabajados en hueso, como los típicos harpones de dos hileras de dientes, una docena de puntas de flecha y un bruñidor, que se hallan expuestos en el mencionado Museo, son datos bastantes para creer que, cuando el hombre habitaba estas cavernas, la fauna cuaternaria discurría aún por nuestras montañas, e incluir este importante nivel en el piso superior de la clasificadora Magdeleine.

Lástima que no se hayan podido continuar las excavaciones en tan interesantes yacimientos que, sin duda, encierran objetos que derramarían abundante luz sobre la incipiente prehistoria vasca. Y es razón apegarnos a esta consoladora esperanza, ya que sin violencia podemos suponer que los trogloditas de Aitz-bitarte, de Armiña y de Balzola no formarían estaciones aisladas y únicas en toda la extensión de estas montañas.

Ciertamente es poca cosa lo que sabemos de aquellas remotas edades; pero lo poco que sabemos nos da la medida de lo mucho que nos queda por saber. De la vida social, intelectual y moral de los primitivos pueblos; de sus creencias, de sus ritos funerarios y aun de la conformación física de muchos de ellos, no sabemos nada; pero se han hallado útiles y armas de piedra tallada que empleaban, y en ellos han visto los sabios huellas inequívocas de la mano del hombre, destellos de su inteligencia reflejados en la tosca labor de tan rústicos instrumentos. Estos son los más antiguos monumentos que conocemos. Ellos nos revelan una verdad importantísima: nos prueban que el hombre cuaternario se hallaba en posesión de la universalísima idea de la relación de los medios con el fin, idea que fecundando los datos de la experiencia hace brotar los más portentosos descubrimientos en las ciencias y en las artes modernas. Gracias a tan excelsa prerrogativa, se lanza el hombre primitivo a la conquista de los elementos; y desde que hace su primera aparición, él solo se muestra libre donde los animales son esclavos de la naturaleza. Parece providencial que los más antiguos vestigios que hemos llegado a conocer de nuestros antecesores, sean cabalmente fruto de su inteligencia, cuando todos los intentos de cierta escuela se cifran en negarles esa nobilísima facultad.

III
Largo tiempo transcurrió desde que los cazadores del reno nos dejaron soterradas en el yacimiento de Aitz-bitarte sus rústicas armas de piedra, hasta la aparición de aquellos hombres que agotaron para sus muertos los recursos de su rudísima arquitectura dolménica en Aralar, Aizgorri, Salvatierra y en la llanada de Vitoria, y de aquellos otros que con más delicado gusto excavaron sus viviendas y abrieron sus sepulturas en las areniscas rocas de Marquínez, Urarte, Laño y Faido.

Señálanse varias fases por las que se pasó del periodo paleolítico al de la piedra pulimentada. El nivel aziliense de la cueva de Balzola es continuación del magdaleniense representado en la misma y en las de Armiña y de Aitz-bitarte. Hacía mucho tiempo que desaparecieron el mamut y el oso de las cavernas; el reno que hasta entonces fué la caza predilecta del hombre cuaternario, emigró a lejanas regiones del Norte; había casi tomado su definitiva forma la llanada de Vitoria; el hombre había ya olvidado las rancias ideas del totemismo, realizándose una gran evolución religiosa; domesticó los animales para su servicio; dedicóse al cultivo de la tierra, y abrió caminos al comercio que introdujo un mayor movimiento en todos los órdenes; y estas circunstancias, con las necesidades cada vez más complicadas y numerosas, fueron parte para que los lazos sociales llegaran a ser más estrechos, fuertes y constantes. De este modo el hombre neolítico emprendía segurísimo rumbo hacia un progreso más sólido y duradero.

Verdad es que ya no existían las artísticas producciones de grabado y de pintura que el troglodita madaleniense concibiera; mas las artes útiles alcanzaron toda la perfección que entonces se podía esperar. Utilizando las piedras más duras fabricó el hombre armas e instrumentos de tan bella labor, que son todavía objeto de admiración para todos. De sus puntas de flecha y de sus cinceles decía el rey de Dinamarca Federico VII (10), que con los medios de que entonces se disponía, ninguno podría hoy tallar una tal punta de flecha ni un cincel que a ellos se asemeje.

De entonces datan los llamados monumentos megalíticos que son los dólmenes, túmulos, cromleches y menhires, que abundan en algunas partes de nuestra diócesis. El descubrimiento de estas construcciones en Francia y otros países de Europa suscitó no pocas discusiones entre los sabios. El amor propio, el deseo de celebridad, los prejuicios mismos desnaturalizaron muchas veces los hechos, los exageraron. Creyóse que los dólmenes eran altares destinados a sacrificios humanos; hasta vieron algunos, abierta en peña viva, la reguera por donde fluía la sangre de las miserables víctimas. En 1847 decía Cayot-Delandre, citado por Cartailhac (11): "La piedra bruta y colosal era elegida y consagrada por los galos para interrogar a las entrañas de las víctimas, y emitir sus oráculos al aire libre, avista de un horizonte inmenso, sin más cobertizo que la bóveda de los cielos...." Así se hubiera continuado hablando, sin llegar jamás a conclusiones ciertas, a no haber venido los hechos a rectificar los juicios de los arqueólogos haciéndoles asentar el pie llano. Llegóse, pues, al verdadero conocimiento, excavando los dólmenes y preguntando a los muertos allí encerrados sobre el destino de sus habitaciones tan discutidas y zarandeadas hasta entonces en las revistas y Academias europeas, como poco examinadas y exploradas en la soledad de los montes y apartados valles.

IV
Son escasos los trabajos realizados en nuestra diócesis para aclarar el misterio de tales monumentos y conocer a fondo el pueblo que los construyera. Antes que todo, era necesario buscarlos, y esta primera labor se echaba de menos en estas provincias, exceptuando si se quiere la de Alava, donde ya eran conocidos varios dólmenes.

"Parece que en Vizcaya y Guipúzcoa quedan hasta ahora fuera de la región dolménica", dice Menéndez y Pelayo en la última edición de su Historia de los Heterodoxos Españoles (12), aunque ya hacía tiempo que se debatía la cuestión de los tres bloques, que se hallan dentro de la Iglesia de San Miguel de Arrechinaga (Marquina), cuyo carácter de monumento megalítico, tan afirmado por unos y tan negado por otros, por ninguno fué satisfactoriamente aclarado. De hoy más, sin embargo, podemos asegurar que dichas provincias se hallan también dentro de la región dolménica, al menos por lo que toca a Guipúzcoa, donde en muy poco tiempo y en reducido espacio he visto y reconocido treinta y seis dólmenes, testigos de una nutrida población prehistórica, que tal vez nos dejó en sus tumbas lo mucho que dejó de decirnos en documentos históricos. Y aunque en Vizcaya no se conocen todavía más muestras del período neolítico que la famosa hacha de piedra pulimentada de Dima, una de las más grandes que se conocen en España, de suponer es que la gran faja de necrópotis prehistóricas que empieza en Aralar y continúa en Achu, Alzania y Aizgorri, entre en aquella provincia, y aun la atraviese.

Donde mayor interés ofrecen hasta ahora tales megalíticas sepulturas es en la cretácea sierra de Aralar y sus contornos. Yérguese aquella en la parte SE. de Guipúzcoa, ocultando profundos valles y apacibles praderas entre sus numerosas colinas y soberbias montañas, que plegadas acá y desgarradas allá, parecen gigantescas olas de un mar esculpido en durísima roca. Rodéala por Poniente una extensa cordillera, donde la erosión abrió surcos profundos y oquedades inmensas, abrigo tal vez de animales y hombres cuaternarios, y aun de los de más acá. Paralela a ésta se ve otra más lejana, surcada de multitud de arroyos y poblada de espesos hayales, donde se levanta el monte Achu, de más de 900 metros de elevación sobre el nivel del mar. Entre ambas cordilleras está enclavada la villa de Ataun con todos sus barrios y caseríos, y entre ambas también deslizase el Agaunza, que, después de largo curso, ya en ásperas cañadas, ya en deliciosas vegas, pierde su nombre en la industriosa Beasain, al confundir sus aguas con las del río Oria. Más al Oeste continúan muchas lomas, que frisan con montes (entre cuyas laderas oculta su origen el río Alzania), hasta llegar al puerto de Otzaurte, de donde arrancan las primeras estribaciones de Aizgorri, la más elevada de nuestras montañas.

En tales montes y a la orilla de tales ríos floreció un tiempo extensa población prehistórica, cuya edad está determinada por la de su industria de piedra y bronce, trabajando en vida y descansando muerta en tan ásperas montañas, según lo demuestran multitud de sepulturas, osario y archivo a la vez donde hallamos los documentos de la civilización de sus constructores (13).

Conocida era la estación prehistórica del Aralar navarro, donde fueron descubiertos once dólmenes y un menhir por D. Juan Iturralde y Suit, Vicepresidente de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra. Y el sabio antropólogo y reputado etnógrafo Dr. Aranzadi da cuenta de haber reconocido más de veinte en la misma parte de la mencionada sierra (14). Ahora vemos que su área de distribución ensancha más hacia Guipúzcoa, pues en todas las montañas que hace poco cité, aparecen diseminados, como puntos salientes que se descubren entre las sombras de aquellas ignoradas edades.

En la parte occidental de la sierra de Aralar, a diez kilómetros aproximadamente al E. de Ataun, se halla el monte Marchabaleta; sobre la segunda de sus eminencias, llamada Argabi, se ve asentado un cono de informes piedras musgosas y en medio una gran losa que es la tapa de la cámara sepulcral allí encerrada. Este es el primer dolmen descubierto, y el primero en que se practicaron las excavaciones.

Al Oriente de Argarbi se halla una estrecha vega cubierta de verde césped, donde los pastores apacientan y dan abrigo a sus ganados. En medio de ella están implantados los dólmenes de Arraztarán (Ar-azti-aran, valle del agorero de piedra?), siendo el mayor y más vistoso el llamado Jentillarri. Es éste como una gran caja formada por toscas piedras hincadas en la tierra, y dividida en dos cámaras que miden 5 metros juntas. El conjunto se halla rodeado de un montículo de piedras esquinudas, y a su lado descansan hoy tres losas, una de grandes dimensiones y las otras dos menores, que en un tiempo sirvieron de rudísima tapa a la sepultura. Estas losas son de piedra negruzca muy compacta, y al ser heridas por un palo, guijarro, etc., producen un sonido acentuadamente metálico, que fué parte para que el pueblo viese en ellas algo extraordinario o cosa de encantamiento; más aún: al rededor de ellas y del dolmen forjó tan bellas ilusiones, y fantaseó tan a gusto del deseo, que excitándose la codicia, fué a desenvolver el monumento, y escudriñar sus entrañas para ver de encontrar sus soñadas riquezas.

Este dolmen de que hablo es el mayor entre todos los que hay en aquellos contornos, y se halla, como dije, en medio de una estrecha vega encajonada por varias lomas o colinas sobre las cuales descansan otros tantos dólmenes. Es, pues, como centro de aquel círculo de sepulturas por el Norte da frente al dolmen de Aranzadi; por el Este a los de Uelogüena y Zearregüena; casi por el Oeste a los de Argarbi y Arraztarangaña, y por el Sur a los Oiduegui con un cromlech(?) y un menhir(?) próximos a ellos, y cuya segura determinación exigirá una más sólida prueba.

Casi todas las mencionadas cámaras sepulcrales fueron profanadas en algún tiempo, y sin temor a equivocaciones se puede decir que a gran parte de huesos y objetos allí depositados cupo la misma desgraciada suerte que a los de Jentillarri.

Lástima que no haya podido utilizar la ciencia los datos indudablemente perdidos en tantos monumentos, a merced, desde hace largo tiempo, de la codicia y la ignorancia.

No quiere esto decir que ya no queda allí ninguna cosa digna de estudio, pues aparte de la existencia, situación y orientación de los dólmenes, que por sí son datos nada despreciables, fácilmente se presume que no todos los que fueron a desenvolverlos en épocas pasadas andaban tras los objetos que interesan a la ciencia.

Continuando la emprendida excursión hacia la parte septentrional de la sierra siempre citada, y siguiendo la tortuosa vereda que va de Gentillarri a Abalcisqueta, se llega a una pequeña explanada. En medio de ella y al S.SW. de la escarpada y cónica peña de Larrunarri y al S.SE. y frente por frente del no menos escarpado y pintoresco pico de Gaztelu de Zaldivia está implantado el dolmen de Ausukoi, del cual quedan justamente visibles dos largas losas areniscas colocadas en dirección N.S., y envueltas y casi cubiertas por un montón de tierra e informes guijarros.

Mucha novedad nos hizo el ver un dolmen en lugar tan expuesto a los vientos del Norte, pues en anteriores exploraciones nos habíamos acostumbrado a la idea de que el hombre prehistórico buscaba para sus muertos los sitios más abrigados y defendidos de los rigores del invierno; y así tales monumentos hállanse generalmente guarecidos de aquellos vientos por cercadas lomas y colinas, cuando no por altísimas montañas.
 

Caminando por la misma senda de Abalcisqueta hasta doblar la falda del monte en que se asienta este dolmen, y subiendo en dirección NW.SE., se llega a los prados de Saltarri, llamados así por una piedra de tres metros de longitud que se halla tendida a la entrada de una hermosa planicie, y que indudablemente colocó allí el esfuerzo del hombre. Al ver en aquel lugar una tan extraña piedra, objeto además de una leyenda en la que se supone fué lanzada en época desconocida por uno de los gentiles que habitaban a la sazón el peñón de Gaztelu (15), como lo fué también la Piedra del Diablo en Francia por la sacerdotisa Irmanda (16), y la de Ata en Navarra por el esforzado caballero Roldán (17), se me puso en la imaginación que se trataba de algún menhir derribado, testigo tal vez del valeroso tesón de aquella raza que construyó los inmediatos dólmenes. Yo no sé lo que significan tanto este monolito como el que mencioné hace poco en calidad de un menhir dudoso; pues tampoco fueron más entendidos tantos de los menhires que van descubiertos en diversos países. Lo que sí sabemos es que después de la introducción del cristianismo, eran todavía en muchas partes objeto de singular veneración, hasta el punto de intervenir el Concilio de Tours el año 567, señalando penas a los que los adoraban, lo mismo que Carlomagno el 789, y otros reyes y obispos más tarde: lo cual parece probar el primitivo carácter religioso de estos monumentos. Mas esto no quiere decir que se excluían otros fines y significaciones de los menhires: Jacob erigió una piedra en testimonio de su milagroso sueño (Génes. XXVIII, 18); a su vuelta de Haran hizo un pacto con Laban, su suegro, y para asegurarlo más y confirmarlo, fijó una piedra, y cerca de ésta formó un túmulo sobre el cual celebraron ambos un banquete (Génes. XXXI, 45, 46); en memoria de las promesas del Señor hizo lo mismo en Bethel (Ibid. XXXV,15); después del paso del Jordán, ordenó Josué, por mandato del Señor, fueran sacadas del cauce de aquel caudaloso río doce piedras, y colocadas en tierra para perpetuo recuerdo de aquel maravilloso suceso (Jos. IV, 20); y Samuel, en testimonio de una victoria obtenida contra los filisteos, erigió una piedra entre Masfat y Sen (I Reg. VII, 12). Bien se comprende, pues, que pudieron ser muy diversos los fines que motivaron la erección de los menhires (18).

Apartándonos ya de Saltarri, y atravesando varios collados en dirección SW.NE. se desciende a un profundo barranco, sobre el cual se levanta el monte de Artobi (sepultura de piedra); en una de sus laderas, llamada Larrondo, ya en la jurisdicción de Amézqueta, se hallan dos dólmenes, no hace mucho registrados a pico y azada por algún contratista de minas. Subiendo por todo aquel barranco, sólo rico en imponentes paisajes, y dejando atrás las ruinas de la antigua población minera de Arizaga y la fuente de Fardelus, y sorteando siempre los ásperos derrumbes de las contrapuestas montañas, se llega a los prados de Igaratza, situados en la parte meridional de Aralar. Aquí se destacan dos vistosos montículos artificiales en medio de hermosa pradera; y fácilmente se adivina que encierran cámaras sepulcrales, por unas grandes losas que soman la cabeza por aquél característico galgal que las rodea.

Más al Sur nace el manantial que da origen al río Agaunza. Caminando por las ásperas cañadas en que se abre su cauce, quedan a la derecha varios dólmenes: primero, el derrumbado de Beasquin; más abajo el del puerto de Baiarrate, y por fin, aunque alejados, el completamente destartalado de Labeo y el no menos desenvuelto y arruinado de Leizadi, donde se cierra la extensa faja dolménica que ciñe esta parte de la tantas veces repetida sierra.

Descendiendo todavía por el mismo río casi hasta el puerto de Lizarrosti, y remontando luego las empinadas cuestas del monte Ascoo, nos hallamos en plena región del Bashajaun de las leyendas de Goyerri. Aún ahora se imponen a la imaginación aquellas agrestes montañas, pobladas de brezales y extensas arboledas. Allí la abundancia de corpulentas hayas forma un intrincado bosque, de modo que es cosa de gran dificultad el orientarse aún a los que lo frecuentan cuanto más a los que por primera vez lo visitan. En aquellas sombrías y solitarias selvas tuvo lugar el episodio de Izar y Laño que tan bellamente describiera Goizueta en sus Leyendas Vascongadas (19); allí la fantasía popular imaginó las reuniones de las hadas y habitaciones de los gigantes, animando aquellas soledades con gran movimiento y vida. ¡Cosa singular! En aquellos mismos lugares donde el pueblo cree vivieron antiguamente los Bashajaunes, hemos descubierto muchos dólmenes, conocidos allí con el nombre de Gentill-eche (casa de los Gentiles). En Miruatza (Mairu-baratza?), al Sur del P.º de Lizarrosti, se halla uno de éstos, formado según aparece al exterior, por tres losas de roca arenisca, de más de dos metros de altura, rodeadas y casi cubiertas por un montón de piedras en forma de cono de dos metros y medio de altura y 19 m. de diámetro en la base. Como se ve, parece que este monumento (y lo mismo se diga de todos los que hay desde el P.º de Lizarrosti hasta el de Otzaurte) tiene un galgal de mayores dimensiones que los de Aralar, a causa tal vez de la distinta constitución de las piedras en una y otra sierra. El de Olano y el de Bentázar, con sus enormes bloques, y el de Argóniz, tan aprisionado por las raíces de siete corpulentas hayas que se levantan en el mismo túmulo; y los colocados en triángulo en el alto de Inchusburu, como también el de Salsamendi, Zuillu y los dos de Balenkaleku, con los de Achu, Unanabi y el llamado Armura de Urrezulo (20), sin exceptuar el de Otzaurte (Cegama), son del mismo tipo de construcción que el de Miruatza.

Estimo curioso declarar que el más septentrional de los tres que dije de Inchusburu, tiene un galgal que apenas alcanza 50 cm. de altura, y en medio de él se ven cuatro rústicas piedras verticales, hincadas en el suelo y que cerrarían el dolmen por el lado Norte. La mayor es de 1,75 m. de alta por 0,65 de ancha, y su grueso mide 0,33 aproximadamente. En sus caras menores contrapuestas hay series de cazoletas o signos cupuliformes, hoyos ahondados en un profundo surco, que, al verlos, me recordaron la antiquísima escritura ógmica, usada tal vez aquí para puntualizar un suceso, para conservar la memoria de un guerrero, o acaso para bendecir los nombres de los que fueron inhumados junto a aquel hemisférico simbolismo. ¿Emplearían aquellos rudos montañeses alguna manera de escritura con que satisficiesen su innato afán de perpetuarse por el recuelo? Sea de ello lo que fuere, estas marcas parece constituyen aquí un hecho completamente aislado, pues en ningún otro dolmen de los que he citado y de los que pienso nombrar muy luego, vi cosa que saliese de la común disposición y modo de tales monumentos.

Al mencionar el dolmen de Otzaurte, tocábamos ya las primeras estribaciones de Aizgorri. ¿Quién no ha oído hablar, con asombro, de las anchas planicies y profundos barrancos que ocultan los tajados y verticales muros de este coloso de nuestras montañas? Pues también aquí dejaron sus huellas nuestros hombres prehistóricos. Y comprendiendo aun en su rudeza, que más larga es la vida futura que la presente, construyeron para sus muertos sólidos sepulcros que duraron hasta nuestros días; y durarán más todavía si la codicia de soñadas riquezas del uno y la curiosidad científica del otro no pusieran en ellos sus profanadoras manos.

En las llanadas de Urbía, o mejor, en aquellos campos ondulados, tan parecidos en todo a los de Aralar, no podía faltar una necrópolis u otro indicio de aquella raza que tanta predilección sentía por las alturas. Hay, pues, tres dólmenes cerca de los mojones que a modo de piedras miliarias señalan el camino de Aránzazu á la Cruz de Aizgorri, y aunque esté truncado el uno y desenvueltos los otros, no faltarán en ellos objetos que merezcan especial estudio; pues en el mayor de todos se ven todavía dientes y huesos humanos y menudísimos trozos de cerámica negra. Se halla situado este dolmen al W.NW. de la Cruz de Aizgorri, a 1.100 metros aproximadamente sobre el nivel del mar. Tiene un túmulo o galgal de 1,50 m. de alto y 15 m. de diámetro en la base; y en medio, la cámara sepulcral mirando al E.SE., según se deduce de varias piedras laterales enhiestas y bien visibles, que descuellan sobre las demás.

Caminando de Urbia al N.NW., y remontando el vecino monte de Arzámburu, ya en la jurisdicción de Oñate, se ve destacarse un dolmen, en medio de espaciosa terraza cubierta de abundantes brezos. Está situado a 1.250 m. de altitud al E.SE. de Aránzazu, al N.NW. de Urbia y al S. de Elurzulu -sima de nieve,- llamado así pro la mucha que conserva en sus profundas oquedades durante todo el año. El túmulo que le rodea mide 1,50 m. de altura, y 12 m. su diámetro en la base. De la cámara sepulcral, ya bastante arruinada, quedan algunas piedras verticales y otras caídas, cuya media no se puede apreciar, y que, sin embargo, inducen a creer que el dolmen miraba al E. exactamente.

Al llegar al término de esta ligera reseña de los dólmenes guipuzcoanos (21), no conviene pasar por alto los ya explorados cromlechs de Oyarzun, conocidos con el nombre de Mairubaratzak (22). Varios fueron descubiertos el año 1909 por D. Manuel de Soraluce, Conservador del Museo de San Sebastián, y de ellos y de otros, reconocidos y excavados más tarde, dió cuenta en la revista Euskalerriaren alde, el sabio antropólogo Dr. Aranzadi (23).

Son veinte los conocidos hasta ahora: seis en la cumbre entre Egiluze y Egiar; tres en Arricholagaña; diez en Errenga-zelaya, y uno en Oyanleko-chokua, variando las dimensiones de su espacio central entre cuatro y diez y seis metros. Las excavaciones practicadas no dieron resultado positivo; pero el hecho de hallarse cromlechs en aquellas montañas, revela que sus constructores debieron de vivir no lejos; y una detenida exploración de sus contornos sería probablemente coronada por algún venturoso hallazgo.

Todo cuanto dijéramos acerca del destino de tales círculos de piedras sería conjetural, ya que pudieron ser varios los motivos que indujeron a los hombres a construirlos. Lo mismo han podido ser templos megalíticos, como monumentos conmemorativos y lugares de asamblea politica o judiciaria. Hasta hace poco tiempo, los kabileños de Africa, al celebrar un Consejo o Junta, acostumbraban sancionar los acuerdos importantes, erigiendo cada tribu un menhir, de modo que entre todos formaban un círculo de piedras en torno del lugar de la asamblea: si alguna de las tribus contratantes quebrantaba el acuerdo, era derribada su piedra (24).

V
Antes que en Guipúzcoa y Vizcaya fueron descubiertos en Alava los monumentos prehistóricos. Además de los instrumentos de piedra pulimentada hallados en la dehesa de San Bartolomé (cerca de Vitoria), en Arciniega y en Iruña, fueron explorados varios dólmenes y un túmulo, aunque no todos dieron el resultado que fundamentalmente se esperaba.

El año 1831 fué descubierto el dólmen de Eguílaz a 4,5 kms. de Salvatierra. Bajo un montículo apareció una especie de galería cubierta, cuyas piedras laterales miden 2,59 m. de altura, y la que sirve de cubierta 4.06 m. de longitud por 1,65 m. de latitud y 0,56 m. de espesor (25). Había muchos esqueletos y armas de piedra y bronce y anillos de serpentina que quizá sirvieron de adorno.

No lejos de Salvatierra se halla también el dolmen de Arrízala, descubierto por el distinguido arqueólogo D. Federico Baráibar. No tiene túmulo que rodee, defienda o sostenga las grandes piedras que lo forman, quedando éstas al descubierto. Aunque es de menores proporciones que el de Eguílaz, el aspecto fantástico que le da aquella singular construcción de enormes bloques sin labrar, llamó poderosamente la atención de los sencillos aldeanos que en su poética y brillante imaginación, lo consideraron como habitación de brujas, designándolo de antiguo con el nombre vasco de Sorguineche (casa de brujas) (26). Al describir este dolmen, dice D. Julián Apráiz (27): "La suposición que todos abrigábamos de que aquel monumento era funerario la comprobé yo el 26 de agosto de 1890, en que haciendo remover la losa caída de cerca de 200 arrobas de peso, hallé restos de tres cadáveres y una punta de flecha silícea que figura en mi instalación".

En dos montículos, que se llaman Escalemendi y Capelamendi, situados a 3 y medio kilómetros al N.NE. de Vitoria, a uno y otro lado de la carretera de Guipúzcoa, fueron hallados por Becerro de Bengoa dos dólmenes, de los cuales apenas nos quedan hoy más que los nombres.

El valle de Cuartango se hizo famoso desde que los Sres. Becerro y Mantelli descubrieron en 1870 tres dólmenes, que explorados por D. Ladislao Velasco y D. Julián Apráiz, dieron por resultado el hallazgo de huesos humanos que no pudieron ser estudiados, y un punzón de cobre y una flecha. Más tarde fueron hallados, por algunos de los Profesores del Colegio de Murguía, varios cráneos, en los cuales pudieron apreciarse algunas medidas craneométricas, "las primeras, como dice el Dr. Eguren y Bengoa (28), que aparecen en el cuadro de la Prehistoria en Alava".

También en las altas montañas de la sierra de Encia dejaron recuerdos de su ruda arquitectura los hombres prehistóricos de nuestro país. Tales son los dólmenes del Puerto de San Juan y de Igorita, situados a siete y quince kilómetros respectivamente de Salvatierra. En el primero, cuyas piedras fueron desenvueltas para aprovecharlas en construcciones modernas, halló su descubridor, D. Julián Apraiz, algunos esqueletos, de los que no pudo recoger más que los dientes y algunos trozos de huesos.

Al mencionado Sr. Eguren cupo la suerte de descubrir el segundo, de cuya excavación no salió ningún hueso ni objeto de industria humana, a pesar de no haber señales de anteriores registros, lo cual le hizo suponer se trataba de un monumento no usado por sus prehistóricos constructores. No lejos del anterior reconoció el mismo otros dos monumentos megalíticos que, por razón de lo avanzado de la estación, no los pudo excavar al descubrirlos.

Pero lo que dió resultados más satisfactorios a este infatigable explorador y eminente antropólogo, y aportó alguna más luz al campo de la Prehistoria vasca, fué el descubrimiento del Túmulo de Oquina, primero de este nombre entre los monumentos prehistóricos de nuestras provincias (29). Estaba situado cerca de la villa de Oquina a diez y ocho kilómetros de Vitoria; y media 6,50 metros de longitud por 5 metros de latitud y 0,70 metros de altura antes de que se hicieran las excavaciones. Constituído todo él por guijarros y tierra roja sin orden ni medida fija, contenía esqueletos de veinte individuos próximamente, hacinados también sin orden y destrozados casi todos, a causa tal vez del largo tiempo que pesaba sobre ellos el montículo de piedras. Entre los objetos encontrados merecen ser mencionados varios trozos de cerámica negra de toscos relieves y labor incisa muy rudimentaria, así como un fragmento de cuarzo cristalizado, punzones de cuerno, armas de piedra y una hermosa flecha de cobre, que colocan este monumento en el período que llaman eneolítico.

No lejos de Oquina se hallan las cuevas artificiales de Marquínez, Urarte, Pariza, Laño y Faido; y buen número de sepulturas olerdolitanas, que estudiadas con detenimiento bajo los diversos aspectos que ofrecen, servirán de un nuevo jalón en el campo de la prehistoria alavesa.

VI
En las descarnadas laderas de tantas colinas que se escalonan desde Faido hasta Marquínez, asoman las rocas areniscas de la época senonense, ya en forma de aislados peñones, ya como extensas cornisas de piedra blanquecina, cuyos verticales tajos ostentan setenta y dos puertas de otras tantas grutas artísticamente excavadas. Son éstas unas ordenadas estancias, de muchas y variadas cámaras algunas, y de una sola, a modo de pequeña garita, las más. Su planta es a veces semicircular, y otras completamente redonda, o también un perfecto rectángulo, sobre todo, cuando las dimensiones son mayores, como en las que miden seis o más metros de largo, cuatro de ancho y otro tanto de alto, con dos o tres cámaras además, abiertas en sus paredes. El techo afecta, en general, la forma de bóveda, de medio punto a veces, y rebajada casi siempre. Las paredes son en algunas nada más que desbastadas, y aún dejan ver las marcas del rudo pico con que se trabajó en ellas; mas otras, sin salir del mismo tipo de distribución y forma, muestran una labor más delicada, como si todas sus partes estuviesen labradas con finísimo cincel o hacha neolítica; y otras por fin, tienen completamente lisos el suelo, el techo y las paredes, ocultándonos así el nombre del instrumento con que se trabajó en ellas.

Donde también muestran su habilidad aquellos antiquísimos obreros es en la hechura de las puertas que, en general, miden más de metro y medio de alto por 0,80 de ancho. Mirándolas de dentro de la gruta se ve que por todo el contorno de cada una, avanza un retallo en la roca, al que ajustaba indudablemente alguna lancha de piedra o un grueso tablón; y a pocos centímetros del interior, presentan entrambos costados sendos agujeros donde encajaría atravesado un recio pasador de madera.

Hay también puertas de otras formas, y en ellas no pocas canales y profundos surcos cuya finalidad es difícil averiguar.

Y no se crea que al cerrar la puerta quedaban a oscuras los que dentro se cobijaban; pues muchas de las cuevas tienen abiertos de tanto en tanto los orificios de luz, en campanada forma que va estrechándose hacia el exterior, y otras pudieron tener practicada su ventana en la misma losa o tablón de la puerta.

Siendo, pues, patente el ingenio de aquellos obreros que con tanta habilidad y buen gusto trabajaron en la dura roca, es cosa extraña no dejaran en tan larga serie de muros excavados más figuras que las hasta ahora publicadas. Bien conocidos son los bajo-relieves de una de las cuevas de Marquínez, de los cuales dice Menéndez y Pelayo (30): "No necesito encarecer la importancia de este dato, que quizá nos dé otro eslabón en la cadena del arte troglodítico, impropiamente llamado magdaleniano". Habiendo examinado por el mes de junio último, en compañía del ilustrado catedrático de este Seminario D. Manuel de Lecuona, las enmohecidas paredes de casi todas aquellas cuevas, no vimos más figuras en relieve que las mencionadas; pero sí otras de labor incisa y dos pinturas, que quizá no tendrán mucha importancia, pero que serán de las pocas conocidas en este género de cuevas, y cuya descripción dejo por ahora por parecerme sería prematura.

¿Cuál habrá sido el destino de estas misteriosas cuevas? En veintinueve de ellas conté ciento treinta y cinco sepulturas, abiertas en el suelo y en las paredes; todas trapezoidales con ángulos más o menos redondeados y con una media canal labrada en los bordes donde, sin duda, ajustaría la tapa. Recuerdan, pues, las grutas sepulcrales de Finisterre, Aisne, Marne, Eure y Meuse, con sus sepulturas y relieves, puertas, ventanas circulares, tabiques de división, hornacinas y pequeños salientes rocosos con su orificio de suspensión y otras circunstancias que las hacen semejantes a las de aquellas localidades de Francia. ¿Serían grutas funerarias que, al mismo tiempo que contenían los cuerpos de los difuntos, eran templos donde se celebraban funciones prescritas por algún rito desconocido, o viviendas y cementerios a la vez, donde los vivos velaban por los despojos de los muertos, como sucedía en las habitaciones de la edad del metal descritas por los hermanos Siret en su magna obra Les premiers agês du metal dans le Sud-Est de l'Espagne?

¿A qué edad pertenecían los que socavaron tantas y tan hermosas grutas con tan larga serie de sepulturas? No pudimos hallar ningún resto de mobiliario que nos solucionase esta cuestión, ni he sabido que se hallase antes; y el caso no es de extrañar, pues las condiciones de aquellas grutas no consienten yacimientos por una parte y los pastores y los labradores que no pocas veces se guarecen en ellas, y las generaciones pasadas que hicieron lo mismo, no dejaron siquiera (al menos en las que pudimos ver) un sepulcro sin destacar, ni un objeto ni hueso que diese testimonio de aquellos hombres, que tanto cuidaron en conservarlos, cuanto los de ahora se empeñan en destruirlos. Comparándolas, sin embargo, con las neolíticas de Francia y aun de España, como las de Valdegeñas y Termancia, y teniendo presente su mayor perfección, así como la falta que en esta zona se nota  de monumentos eneolíticos, tan difundidos por otra parte en lo restante de Alava, no sería muy aventurada la opinión del que creyese que estas grutas datan de la edad del bronce, sin que esto quiera decir que no han sido habitadas en épocas posteriores.

Vienen todavía a aumentar el número de monumentos las sepulturas olerdolitanas, excavadas en la roca, que se ven junto a Faido y no lejos de Marquínez. Todas se hallan en dirección E.W., afectando la forma del cuerpo humano, con su óvalo para la cabeza que descansa sobre un resalte en el fondo y ensanchando para los hombros, y continuando en disminución hasta las extremidades. También fueron objeto de profanación muchas veces, y las losas que antes las cubrían han sido empleadas en construcciones modernas.

Ninguno todavía ha puesto en claro la época de tan extrañas sepulturas, y si nosotros intentáramos determinarla con solos los datos hasta ahora conocidos, sería echar por el atajo sin soltar las dificultades ni allanarlas. Sabemos que en muchas partes de España fueron descubiertas y estudiadas tales excavadas sepulturas. Públicas son, entre otras, las notables y clasificadoras de Olérdula (31); las llamadas tumbas de moros en Baza, con las muchas e importantes descubiertas en Albero Alto (Huesca) por D. Ricardo del Arco (32); y las no menos importantes y típicas de Gayandos, que dió a conocer el Presbítero D. Antolín Sáinz de Baranda (33); y las tan curiosas halladas en Mayoralguillo de Vargas por el Sr. Sanguino y Michel (34); como las de Termes, Catalañalzor, Castro y Uxama, que vió el sabio arqueólogo Sr. Sentenach (35); y las que tan bellamente describió en su admirable discurso sobre el Alto Jalón el por muchos conceptos eminente Sr. Marqués de Cerralbo (36). Y no es que todas éstas sean de un mismo tiempo, ni mucho menos que yo procure el intento de atribuir a la misma época las de Alava y las citadas arriba; que confieso no haber hallado datos bastantes para asentar el juicio en tal parecer. Sólo he querido manifestar la semejanza de unas y otras, esperando que alguno más venturoso que yo, y acostumbrado a tales investigaciones, conozca ser de la misma o distinta época, y arranque la misteriosa máscara que oculta la verdad de estas socavadas sepulturas, y quizá también de los extraños hipogeos que antes hemos mencionado.

VIII
Tales son, pues, los monumentos prehistóricos que conocemos en nuestra diócesis, y todos ellos, juntamente con sus huesos, pinturas, grabados, armas y demás objetos de utilidad y de lujo, sacados de la tierra, nos ayudan a reconstituir el tipo físico, y aun el ingenio, las habilidades, costumbres, creencias y supersticiones de las generaciones pasadas.

Si nos fijamos en los tiempos neolíticos, y examinamos sus tumbas, grutas y monolitos con toda la serie de objetos y señales que acompañan, veremos salir de todo ese inmenso mundo de piedra el espíritu de un pueblo, cuyas aspiraciones no se satisfacen con los goces de esta tierra, y espera en otra parte mejor vida. Parece, pues, que el pensamiento de la muerte le domina, y le absorbe por completo; por eso supusieron algunos con Sophus Müller y Montelius (Der Orient und Europa) que la civilización enolítica tuvo su origen en Oriente, y señaladamente en el valle del Nilo. Mas admitiendo si se quiere esta influencia oriental en el arte neolítico, y sin llegar nunca a las extremadas conclusiones de S. Müller (37), para quien las más insignificantes modalidades artísticas e industriales proceden de Egipto, sin dificultad podremos creer que la raza constructora de los dólmenes que hemos descrito era la misma que ahora continúa en nosotros. Y fúndome para ello en una monografía (38), quizá de las más científicas que se han escrito sobre monumentos dolménicos en España, redactada por los Sres. Aranzadi y Ansoleaga, y publicada por la Excma. Diputación de Navarra, donde al tratar de averiguar la raza de los hombres prehistóricos inhumados en los dólmenes navarros, que son del mismo estilo que los del Aralar guipuzcoano, de Aizgorri y de Alava, dicen sus reputados autores que, a juzgar por los pocos huesos conservados, las personas allí sepultadas pertenecían al mismo tipo físico que los actuales habitantes de aquella parte de Navarra, y concuerdan bastante bien con los caracteres de los cráneos recientes vascos de varios pueblos de Guipúzcoa y Vizcaya estudiados por el Dr. Aranzadi, salvo que la dentadura la tenían mucho mejor".

De nuestros antecesores del período paleolítico no conocemos tanto; sin embargo, el genio artístico de los de la edad del reno, sus aficiones y singulares aptitudes quedaron bien patentes en magníficos restos de pintura, escultura y demás artes que cultivaban. Porque, gracias a los prodigiosos adelantos de las ciencias, que no se detuvieron ante la imponente obscuridad de las cavernas, éstas mostraron, con grandísima sorpresa de todos los sabios, las por tantos siglos ignoradas producciones artísticas de aquellos sus primeros habitantes y primitivas familias del linaje humano. Y aunque todavía son más los problemas que las soluciones; sin embargo, los descubrimientos, que son el mejor camino para llegar a éstas, se suceden estos últimos años, ahora en un punto, ahora en otro, como en el azulado cielo aparecen las estrellas según se va acentuando el crepúsculo de la tarde.

Con tales restos y tales importantes hallazgos nos complacemos hoy en hacer revivir ante nuestros ojos unos pueblos y unas civilizaciones en las que jamás soñaron los historiadores clásicos y modernos. Al tratar de sus grabados y esculturas, dice el sabio Cartailhac (37): "Todos los detalles característicos de la especie, de la edad, del sexo, están admirablemente representados. Ellos revelan un profundo espíritu de observación, un sentimiento exquisito de la naturaleza. Muchos de estos dibujos son superiores a las ilustraciones de algunos de nuestros libros de historia natural, y conviene reconocer que más de la mitad de las copias que se han hecho de estas obras para publicarlas, son inferiores a los originales". Y el sabio Obermaier dice que la época del Paleolítico superior demuestra por su industria y por su arte tal grado de desenvolvimiento, que en vano trataríamos de buscar un equivalente tan evolucionado entre los pueblos primitivos actuales (38). El insigne arqueólogo J. Déchelette pondera con entusiasmo la perfección y el expresivo y viviente realismo de las pinturas y grabados magdalenienses, y en particular de las de animales cuaternarios que adornan el techo de la cueva de Altamira (Santander), que él llama la Capilla Sixtina del arte cuaternario (39). Y tratando de esta y otras cuevas prehistóricas y de sus frescos murales, escribía el eminente espeleólogo santanderino, D. Jesús Carballo (40): "Los cuadros de un museo de pinturas pueden ser superados por otros de los mismos autores, y casi nunca son ejemplares únicos, mientras que la antigüedad de las pinturas prehistóricas no es remplazable con nada, y las hace incomparablemente más valiosas que los cuadros o estatuas de un museo. Por verlas y copiarlas se han hecho penosos viajes, y varios estudiosos han venido a nuestro país hasta de Norte América, por todo lo cual el honor nacional exige la conservación de tan valiosos ejemplares".

Mas como nunca llegan las artes a tanta altura sin ideales que las animen, o sin motivos de orden superior que las impulsen en su admirable desarrollo, es muy probable que el espíritu religioso inspirase a los trogloditas paleolíticos tan extrañas producciones, según la autorizada opinión de muchos sabios, que consideran las grutas pintadas como templos primitivos o misteriosas cámaras de supersticiones mágicas. Y si después decayeron las artes en algunas regiones en que antes florecían con mucho lustre y esplendor, fué tal vez a causa de la decadencia religiosa que lleva tras sí el relajamiento y la corrupción en las costumbres y la consiguiente degeneración de las sociedades humanas que van a hundirse y desaparecer en el abismo que abrieron sus mismos vicios.

HE DICHO.

Dejé de consignar en el discurso un dato de importancia.

Recientemente fué hallada por H. Breuil en la gruta inferior de Aitz-bitarte una piedra que ostenta una cabeza de ciervo ligeramente grabada, y que fué donada al Museo de San Sebastián por su sabio descubridor.

Me complazco en hacer pública mi gratitud al ilustrado Conservador del mencionado Museo, D. Pedro Manuel de Soraluce, que, extremando sus amabilidades, me remitió un calco de dicho grabado.
 
 

(1) Der Mensch, II, 502.
(2) Paleolítico de Cueto de la Mina, por el Conde de la Vega del Sella, págs. 56 y 92, Madrid, 1916.
(3) Estas conclusiones no pueden aspirar todavía más que a un carácter puramente hipotético y conjetural.
(4) No hace muchos días que publicó la prensa de Bilbao y de San Sebastián la noticia de la existencia de pinturas murales paleolíticas en la cueva de Basondo cerca de Cortézubi (Vizcaya). El descubrimiento es importantísimo, y es de esperar se dará con él un gran paso en el estudio de nuestra prehistoria. La cueva ha sido ya visitada por el sabio abate Henry Breuil.
(5) Hugo Obermaier: El Hombre Fósil, pág. 116. Madrid, 1916.
(6) Mortillet: Le Préhistorique.
(7) Reconocimiento geológico del Señorío de Vizcaya, Bilbao, 1840, pág. 31.
(8) Cavernos de Vizcaya. Bol. del inst.º Geológ.º de España. Madrid, 1913, pág. 194.
(9) Les grottes de Aitz-bitarte, ou Landarbaso, à Renteria près de S. Sebastien, Bol. de la R. Acad. de la Histo., Abril, 1908, pág. 339.
(10) "Systéme de construction des salles dites del Géants". (Mem. de la Soc. roy. des Antiquaires du Nord, 1850-60, Copenhague), citado por Cartailhac: "La France prehistorique", pág. 180.
(11) La France préhistorique, pág. 176.
(12) Tom. I. Madrid, 1911,; pág. 132.
(13) El 16 de agosto último se dió principio a las excavaciones de estos monumentos con subvención de la Excma. Diputación de Guipúzcoa. El resultado de tales trabajos no ha sido publicado todavía, por cuya razón no puedo echar mano de ellos en esta ligera reseña.
(14) Cromlecs en Guipúzcoa, Euskarriaren alde, 1915, tom. V. pág. 714.
(15) Gaztelu es un apeña situada en la vertiente NW. de Aralar y al SE. del pueblo de Zaldivia. En su elevado pico (820 m. de altitud sobre el nivel del mar) hay abundantes restos de cimentación y muros circulares destruídos, que recuerdan una fortaleza medieval, donde ya no se respira más vida que la de sus leyendas. De allí se descubre un espléndido panorama, como que se ve gran parte de los pueblos de Goyerri, y el turista que de su cumbre ha podido asistir a los efectos de una puesta de sol, no olvidará jamás este admirable espectáculo.
(16) Cartailac: La France préhistorique, pág. 164.
(17) Iturralde y Suit: La Prehistoria en Navarra, Pamplona, 1911; pág. 45.
(18) Casi todos consideran los menhires coo monumentos prehistóricos, y se cree que son debidos a los constructores de los dólmenes, a pesar de la opinión de Ferguson que en su obra Monuments megalitiques trata de rebatir la antigüedad de tales monumentos.
(19) Goizueta no dice que la felicidad y desventura de estos dos hermanos tuviese su origen en estas montañas; pero sí lo aseguran las leyendas que hemos mencionado.
(20) Don Federico Baraibar, en su Vocabulario de palabras usadas en Alava, al tratar de la palabra Almora, dice: "En Cuartango (Alava) se denominan almoras unos túmulos o montículos artificiales bajo los cuales se han descubierto dólmenes".
(21) Llámolos guipuzcoanos, aunque algunos caerán tal vez en la jurisdicción de Navarra, pues no pude en todos los casos determinar esta circunstancia.
(22) Es curiosa coincidencia la de que en Oyarzun llamen Mairubaratza al cromlech, y en Ataun al punto donde está implantado el dolmen del mismo nombre.
(23) Tomo V, 1915; pág. 707.
(24) Aranzadi, loc. cit.; pág. 713.-Cartailhac, op.cit.pág. 314.
(25) Estas medidas están tomadas del "Estudio Antropológico del Pueblo Vasco", del Dr. Eguren y Bengoa. Bilbao, 1914.
(26) Ya hemos dicho arriba que en Ataun son conocidos algunos dólmenes con el nombre de Jentileche (casa de gentiles).
(27) Discurso acerca de los dólmenes alaveses, 1909, pág. 10.
(28) "Estudio antropológico del Pueblo Vasco". 1914, pág. 116.
(29) Eguren y Bengo: Op. cit.; pág. 135.
(30) Op. cit., pág. 131.
(31) Angel del Arco: Colección del Museo Arqueológico de Tarragona.
(32) Bol. de la R. Acad.ª de la Hist.ª, tom. LX, 1913, pág. 150.
(33) Bol. de la R. Acad.ª de la Hist.ª, tom. X, pág. 218.
(34) Bol. de la R. Acad.ª de la Hist.ª, tom. LXX, 1917, pág. 312.
(35) Revista de Archivos, etc., Enero-Febrero, 1915, pág. 75.
(36) Aguilera y Gamboa: El Alto Jalón, Madrid, 1999; pág. 163.
(37) La Francia préhistorique, pág. 67.
(38) El Hombre Fósil, Madrid, 1916; pág. 133.
(39) Manuel d'Archeologie préhistorique, I, París, 1912, pág. 150.
(40) Bol. de la Real Soc. de Hist.ª Nat., 1909,; pág. 15.3
 



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