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Autor: Jaizquibel, J., (autor)
Titulo: La conferencia del Sr. Marqués de Casa-Torre y el problema vascongado / por J. Jaizquibel.
Notas: 16 p. ; 22 cm
Uno de los ejemp. procedente de Eusko Ikaskuntza
Editor: San Sebastián : Imp. de Martín y Mena, 1905.
Materia: Conciertos económicos--Euskadi.
CDU: 336:353(466)

Localizacion                    Sign.Topografica         Situación
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LA CONFERENCIA
DEL SR. MARQUÉS DE CASA-TORRE

El Problema Vascongado
Por
J. JAIZQUIBEL

SAN SEBASTIAN
Imp. De Martín y Mena.-Vergara, 7
1905

La conferencia del Sr. Marqués de Casa-Torre
Y
EL PROBLEMA VASCONGADO(1)

Ha llegado á nuestras manos un ejemplar impreso de la Memoria titulada Conciertos económicos, leída el 7 del mes corriente por el señor Marqués de Casa-Torre en la Academia de Derecho de Bilbao.

La personalidad del señor Marqués y la importancia capital del tema desarrollado ó tratado, nos han movido á examinar con detenimiento la referida Memoria, acerca de la cual nos vamos á permitir algunas observaciones y comentarios.

Empieza el autor por precisar las diferencias que existen entre Navarra y las Provincias Vascongadas, en cuanto se refiere á sus respectivas relaciones con el Poder central.

Nada de nuevo dice el señor Marqués respecto al particular, que no se sepa hasta la saciedad; pero trae á colación desde la segunda página, las leyes de los impuestos sobre los azúcares y los alcoholes, asunto que parece le preocupa esclarecer, puesto que comienza ya apuntando la distinta situación de Navarra en lo relativo á todo género de impuestos, sin perjuicio de volver al final de su trabajo á tratar del conflicto suscitado por la aplicación de la Ley de alcoholes en las Provincias Vascongadas. Se trasluce desde luego el deseo ó el empeño del conferenciante de poner una vela á Dios y otra al diablo, es decir, de quedar bien con su jefe de partido señor Maura, sin dejar de ser buen vascongado.

En el escrito presentado por las Diputaciones hermanas á propósito de dicha malhadada cuestión de los alcoholes, se demostraba, á nuestro juicio, de modo irrebatible, que el impuesto no era nuevo, sino que encajaba en los concertados y que, para sus efectos, estábamos los vascongados en la misma situación esencial de Navarra, puesto que los cupos actuales eran intangibles hasta el 30 de Junio de 1906, cuando menos. El de Navarra es indefinidamente igual y fijo; los nuestros, lo son hasta la fecha indicada. Cuestión de plazo que no afecta á la esencia de lo convenido.

Y á propósito de este particular, no podemos menos de lamentarnos de que el acuerdo de las Diputaciones de publicar en forma de folleto cuanto se refiere á sus gestiones con el Gobierno, insertando íntegros los documentos referentes á las negociaciones seguidas, no se haya aún cumplido. Habíamos oído decir que su impresión en la imprenta de la Diputación de Vizcaya, está hace meses terminada.

¿Qué motivos, qué influencias especiales han podido ser causa de que el acuerdo de las Diputaciones que venía á ser el descargo público que daban al pueblo vascongado de su conducta, resulte letra muerta? ¿Por qué no se publica el tal folleto, que sería leído y examinado con avidez por cuantos comprendemos que la ley de alcoholes fué la primera escaramuza en que el Poder central quiso manifestar su fuerza y quizás su propósitos para más adelante? Conteste quien pueda; nos limitamos á deplorar que resoluciones tomadas por unanimidad por las Diputaciones vascongadas no se cumplan, sin que se pueda traslucir el motivo oculto que sin duda lo impide.

El señor Marqués de Casa-Torre hace después un resumen, nada más que un resumen, porque sin duda no le quedó espacio para otra cosa, de la historia de los Conciertos económicos, exponiendo con claridad el estado actual de asunto de tan decisiva influencia para la vida de la región.

Sentimos tener que volver á decir, que tampoco el conferenciante nos dice nada de neuvo. El punto está admirablemente tratado en la conocida y meritísima obra del señor Vicario y ha sido ya vulgarizado, digámoslo así, por este señor en las conferencia que dio no hace muchos meses ante la misma Academia de Derecho de la capital vizcaína.

En las dos partes, á modo de capítulos titulados Reglas de conducta y Extensión de los conciertos, detalla el señor Marqués hechos que pueden tener alguna importancia histórica y en los cuales tuvo participación directa y á veces decisiva. Aun cuando seguramente no ha sido su intención la de hacer valer sus méritos personales ante el país, no puede negarse que lo que relata viene á ser como un specimen, como pequeña muestra de lo mucho que le deben Vizcaya y el pais vascongado en general, por su constancia, energía y habilidad en la defensa de sus sagrados intereses y derechos.

No lo negamos, en modo alguno, ni para ello tenemos motivos. En todo caso, sus electores son quienes pueden juzgarlo y no nosotros; y como ellos le nombran constantemente desde larga fecha atrás, diputado á Cortes, es prueba de los satisfechos que están de su conducta.

Como ya antes hemos dicho, vuelve el señor Marqués de Casa-Torre, cerca del final de su Memoria, á tratar de La tributación del alcohol. Este capítulo está pensado y escrito con suma discreción y prudencia, á pesar de lo cual nosotros hemos creído leer entre líneas que trata el autor de disculpar en cierto modo al Gobierno del fracaso de las negociaciones Acaso estemos equivocados, pero nos ha hecho toda la memoria la impresión de que el tema de los Conciertos económicos ha servido al señor Marqués para hacer algo así como un disimulado alegato en defensa del Poder central y quizás también en defensa propia.

De todas maneras la razón que asistía en sus pretensiones á las Diputaciones Vascongadas, es clarísima, para aquel á quien no ofusquen el esplendor y favores de los Ministerios. Ya que hasta Julio de 1906 la situación de Vizcaya, Guipúzcoa y Alava, es igual á la de Navarra ¿por qué razón no se nos concedió un arreglo igual que el que con Navarra se concertó? La base de concordia no podía ser más sencilla, más lógica, más equitativa y más racional.

Nos parece que el señor Marqués de Casa-Torre no ha estado oportuno al remover la cenizas de las negociaciones fracasadas, para avivar el rescoldo Es un asunto del que bien puede decirse peor es meneallo. Hay en efecto, en esas, como en otras negociaciones, lo que se ve y se sabe, y lo que no se ve ó se sabe á medias; hay la historia clara de las negociaciones oficiales de las Diputaciones, y á su lado incidentes que no salen á luz.... pero que se traslucen.

Nosotros los humildes, los que vivimos fuera del mundo de las notabilidades, apenas sabemos nada de lo que ocurre en las altas regiones de la política, pero á veces llega por casualidad á nuestros oídos alguna que otra noticia que nos permite formar nuestra composición de lugar respecto á personas y á cosas determinadas.

Así por ejemplo, allá por la primavera de 1904, supimos que un alto empleado de Hacienda manifestaba, sin rebozo, en conversación sostenida con el gerente de una fuerte empresa industrial, su satisfacción por ver llegar ya pronto la fecha en que terminaba, según él, el concierto económico, asegurando que entonces desparecerían las molestias que ocasionaban en el Ministerio las incesantes reclamaciones de los vascongados, toda vez que el concierto no se renovaría. A semejanza de lo que en otros muchos casos sucede, el tal elevado personaje no sabía que el concierto no tiene limitación de tiempo y que únicamente las cuotas son variables en el momento oportuno, fijado y determinado ya de antemano, pero sus manifestaciones tenían importancia y no pequeña, como reflejo de los sentimientos que sin género de duda dominaban y dominan en el Ministerio de Hacienda contra nuestro país.

Vamos por otro lado. Dicen que un alto empleado de elevada mansión, indicaba el verano pasado, no sabemos á quién, que el espíritu vascongado se iba apagando y que, por tanto, el Gobierno, al llegar al fin del concierto (otro señor que está equivocado) podría ir paulatinamente, pero sin detenerse, hacia la nivelación de estas provincias con las demás de la nación.

Si la noticia es cierta, lo cual nos guardaremos bien de asegurar sin pruebas, sería curiosísimo saber si las opiniones del prócer aludido eran puramente personales ó por el contrario, las oía allá arriba, donde prestaba sus servicios.

Y si la opinión no era suya personal ¿de dónde procedía la información en virtud de la cual llegó á tenerse esa idea errónea del decaimiento del espíritu, si no ocurriese que en aquella época estaba precisamente al frente del Gobierno de la provincia, un dignísimo y respetable gupuzcoano que conce á fondo el país en que nació y en el que ha vivido constantemente, porque, por regla general, los gobernadores no se ocupan más que de asuntos políticos y desconocen en absoluto, salvo raras excepciones, los movimientos y estados serios de opinión. Rodeados por caciques que les adulan y les pintan las cosas á su conveniencia, viven, como suele decirse, en la luna, y no se dan cuenta de los conflictos que se preapran, hasta que estallan. Así se perdieron Cuba, Puerto-Rico y Filipinas y así seguiremos hasta que Dios quiera remediarlo.

Descartada la idea absurda de una información procedente del Gobierno civil, no nos queda más hipótesis aceptable que la de admitir que la opinión citada era fruto de  observaciones propias; pero, aunque así sea, nadie negará su importancia, por proceder de quien la emitía.

Por otra parte, es público y notorio, y la prensa de Madrid lo anunció, que los señores Maura y Osma manifestaron en más de una ocasión su asombro y extrañeza por la actitud resuelta de las Diputaciones Vascongadas. No se recataron de decir que á ellos les habían dado seguridades durante el verano, de que la implantación de la Ley de alcoholes en el país vascongado, en una ú otra forma, no ofrecería la menor dificultad. ¿Fueron estas manifestaciones fruto de su inventiva? No es posible creerlo. ¿Qué había ocurrido por lo tanto? ¿Quién ó quiénes fueron los personajes vascongados que con ligereza incomprensible y anticipándose á la decisión de las Diputaciones hablaron de tales facilidades? Error grande el suyo al suponer que su criterio puramente personal, podría imponerse á las Corporaciones provinciales vascas, sin m ás ni más!

Poco, poquísimo es lo que nosotros podemos referir, pero del hilo se saca el ovillo, y lo apuntado basta para darse cuenta de la atmósfera fatal que dominaba en Madrid, al ir allá á tratar del asunto, las comisiones de las Diputaciones.

Era regla y costumbre inveterada hasta ahora, que los representantes en Cortes de las tres provincias, se pusieran desde luego é incondicionalmente al lado de los comisionados vascongados para ayudarlos con todas sus fuerzas en las negociaciones y gestiones que fueran á emprender por encargo de las respectivas Diputaciones. Pues bien; por primera vez se dio el año pasado el tristísimo espectáculo de que la tradición se rompiese y de que varios de los representantes en Cortes siguiesen una conducta altamente censurable y antipatriótica.

Hubo quienes no asistieron á la reunión á que las Comisiones les convocaron, alegando pretextos pueriles. Hubo quien ni asistió ni se dignó siquiera dar excusas. Algunos iniciaron por su propia cuenta y riesgo, negociaciones oficiosas puramente particulares, olvidando que sin unidad de acción y de plan se corren, en asuntos tan delicados, gravísimos riesgos de perder la partida. Otros, en vez de ponerse á disposición de las Diputaciones, trataron punto menso que de residenciarlas, pidiéndoles explicaciones (¡!). Magnate hubo que seducido por la elocuencia del señor Maura, manifestó que la razón estaba de parte del Gobierno, antes de tomarse siquiera el trabajo de estudiar el asunto.

Apresurémonos á terminar la indicación de tanta miseria, debilidad y defección, para proclamar muy alto que, en cambio, hubo representantes vascongados, y entre ellos los señores García (don Roque) y Marqués de Santillana que, llenos de amor á su país y convencidos de la razón que á las Diputaciones asistía, hicieron saber al poderoso y arrogante señor Maura, cuya política general seguían, que ellos anteponían los derechos del país, á sus deberes de partido. Los guipuzcoanos han sabido demostrar en la reciente elección que la conducta de esos señores y de los que como ellos obraron, ha merecido su más profunda gratitud, pero es preciso confesar que el espectáculo en su conjunto, fué inaudito y lamentable. Nunca jamás hubo antes excepcionales que elogiar; todos, absolutamente todos los diputados y senadores sabían cumplir y cumplían con su deber.

No creemos pueda olvidarse tampoco fácilmente que formaban parte del Ministerio, dos vascongados, en el momento del conflicto.

Nuestro propósito no es ciertamente el avivar pasiones y sembrar la desconfianza y la discordia, pero ya que el señor Marqués de Casa-Torre ha resucitado el asunto de los alcoholes, hemos querido alzar también nuestra modesta voz y recordar algo de lo ocurrido, con objeto de que el pueblo vascongado esté alerta en los momentos críticos actuales, y se convenza de que le es indispensable hacer un supremo esfuerzo para que no se repitan debilidades y defecciones inexplicables.

Citemos el honroso ejemplo que nos da Navarra. En cuanto llega á Madrid una Comisión de su Diputación á gestionar un asunto cualquiera, convoca al Presidente, á los diputados y senadores de la provincia y les dice terminantemente: “Navarra quiere tal cosa”. Todos ayudan incondicionalmente á la Diputación y los resultados lo demuestran siempre Es que no ha llegado aún allí el viento del Oeste que cargado de los vapores deletéreos del capitalismo insacialbe y de la monomanía de las grandezas, se cierne ya sobre nosotros. ¡Ojalá se disipe en el camino el abominable ciclón, destructor de cuanto es digno, noble y levantado!

Tengamos fe y confianza de que cuando lleguen los momentos decisivos, estaremos todos los vascongados, lo mismo los altos que nosotros los humildes, unidospara defender no solo lo existente sino aquello á que tenemos derecho. La ley de alcoholes, el ataque del Poder central al concierto y el resultado de las gestiones de las Diputaciones, han despertado de tal modo y con vigor tal el sentimiento euskaro, que ya no caben debilidades, ni vacilaciones, ni ligerezas como las pasadas. Hay que estar ó con el país, ó en contra de él.

Del año pasado acá ¡cuánto han variado ciertas opiniones! Aquella creencia en la agonía del espíritu vasco ha desaparecido, y en vez de las indicaciones antes apuntadas, se hacen otras bien diferentes, de concordia y armonía. Todo se debe al espíritu de vigorosa protesta que se condensó en la grandiosa manifestación de San Sebastián, al regreso de los comisionados guipuzcoanos de Madrid. Hubiérase seguido una conducta extra-prudente de silencioso quietismo y el Gobierno seguiría riéndose de nosotros.

Termina su conferencia el señor Marqués de Casa-Torre con un capítulo que titual Política del País vascongado.

Empieza así el referido capítulo:

“La política de los conciertos, que fué en su origen la política de los llamados transigentes, puede considerarse hoy como la política del País Vascongado”.

No podemos estar conformes con usted, señor Marqués. La política del país vascongado, es decir, el conjunto de sus aspiraciones, el objetivo que persigue, su ideal, no se concreta únicamente á los conciertos económicos. El país aspira á más; aspira á una autonomía claramente definida que acabe de una vez con la serie de cuestiones y dificultades suscitadas á cada momento por los ataques insidiosos del Poder central; aspira á organizarse foralmente, restaurando todas aquellas instituciones aplicables á las condiciones sociales actuales. No somos los desheredados, los pobres los que queremos únicamente so, no señor. Han prometido en documento solemnísimo las Diputaciones de Vizcaya, Guipúzcoa y Alava, no descansar hasta recabar de los Poderes públicos, el restablecimiento del régimen foral. Escrito y firmado está el documento y las Diputaciones harían traición al país, si no cumpliesen su palabra de honor empeñada. Podrá el señor Marqués, ver la sociedad exclusivamente bajo el aspecto económico, bajo el aspecto de los intereses materiales y de las cuentas corrientes; nosotros, los románticos, la vemos también bajo otros aspectos, que al fin y al cabo se relacionan con el económico, pero que no quedan englobados ni absorbidos en él.

En cualquier país, en cualquier región, en cualquiera sociedad que tiene problema ó problemas de importancia que resolver, se presentan siempre tres tendencias ó partidos.

El uno, el radical, el que desea una solución inmediata y completa. Es el partido vascongado del todo ó nada; el que aspira á que las cosas vuelvan á estar como antes del año 39; el que no admite avances parciales; el que se propone sin duda, dar una sola batalla definitiva para conseguir el triunfo anhelado.

El partido opuesto es el transigente, en que milita el señor Marqués de Casa-Torre. Al discutir, al procurar avenirse con otra persona ó entidad, se transige siempre más ó menos, pero hay que distinguir dos clases de transacciones. Hay quienes toman la transacción como definitiva y no tiene empeño en avanzar, sea porque en su escelente posición personal les molesten las novedades, sea porque no les convengan las variaciones. Están esos transigentes, verdaderos conservadores de la política vascongada, bien avenidos con el régimen de los conciertos económicos y no quieren historias. Son diptuados á Cortes, ó senadores; tienen influencia en el país; la tienen en los Ministerios; mandan, disponen, distribuyen favores; son unos semi-dioses á cuyos oídos no llegan más que las alabanzas é himnos que los agradecidos entonan en su honor. ¿A qué variar?

Hay, por fin, otro partido, que teniendo un ideal tan radical, ó poco menos que el del partido del todo ó nada, no se empeña en lo imposible, sino que estudia la realidad, examina las circunstancias y procurando aprovecharse de ellas, procura avanzar en el camino que conduce al término definitivo de sus aspiraciones. Trata de ir tomando la fortaleza, no por medio de un asalto, que origine acaso un desastre irremediable, sino estableciendo siempre nuevas paralelas de sitio y nuevas baterías bien pensadas y combinadas. Este partido transige también, en cuanto toma lo que puede tomar, cuando no puede obtener más, pero no se queda estacionario. La ventaja, grande ó chica, que adquiere, la considera no como estación de llegada, sino como puento de tránsitoy de parada; como una etapa que le sirve para rehacer sus feurzas y prepararse á nuevo avance. Es el partido que marcha hacia el ideal, pero que no hace caso omiso de las dificultades y peligros del camino, sino que estudia el modo de sortearlos y el momento de hacerlo.

Un ejemplo admirable de lo que un partido así consigue con tenacidad, patriotismo é inteligencia nos lo da Irlanda, desde O’Connell hasta hoy. Que el ancianoadmirable Gladstone hubiera podido vivir diez años más para bien de su país y del mundo entero, é Irlanda tendría ya su completa autonomía. Ya la conseguirá de todos modos, si persiste con empeño en su política de avance, sábiamente dirigida.

No he mencionado aún á ciertos intransigentes vascongados, que han rasgado sus vestiduras y se han cubierto la cabeza, lo cual no les impide pasar tranquilamente la vida en un absoluto quietismo. Como quiera que no pueden de golpe y porrazo conseguir el todo, no tienen para qué molestarse ya en nada, lo cual no deja de ser hábil y cómodo.

Y nos dirán ¿Qué quieren? ¿Cuál es su ideal? Pues es muy sencillo Deseamos que las Juntas forales vuelvan á reunirse; queremos que ellas legislen lo concerniente á cada provincia, votando su presupuesto y residenciando á las Diputaciones nombradas también por ellas. Es la esencia de nuestro ideal, expresado en poquísimas palabras. Para detallarlo, no basta un artículo de periódico; es preciso recurrir á una serie de artículos ó al libro. Lo mismo decimos de las demás ideas vertidas en este breve y modestísimo escrito.

Acaso, cuando la ocasión se presente, si aún disponemos de fuerzas y de ánimo, volvamos á la carga.

Lo haremos de todos modos, si es cierto que la intriga oculta, insidiosa y constante de los que se encuentran muy bien con el ambiguo orden de cosas existentes, por razones que están al alcance de cualquiera, sigue su obra lenta y destructora de nuestro régimen especial, con la ayuda de los que cegados por apariencias engañosas, cooperan en ella inconscientemente. Lo haremos si la intriga de ques e habla se enseñorea delmando definitivamente y lo haremos si se sigue malgastando en luchas inútiles y sin finalidad alguna, el tiempo que debiera emplearse en el estudio de los graves problemas que turban la tranquiliad de todo buen vascongado. Callarse y dejar que en vez de ideas imperen personalidades, por brillantes que sean, con su séquito de amgios, sería un delito.

De nada servirá llorar el día del desastre, ó del arreglo convenido en pésimas condiciones para el país; de nada servirán las recriminaciones. Ahora, ahora es cuando hay que hacer el necesario esfuerzo para que las corrientes centralistas no predominen en este nobilísimo solar y para que los gobiernos sepan que la opinión del país es muy diferente de la que le pinten los interesados en decirle otra cosa.

¿No se convence el país de ello? ¿No quiere imponer su voluntad desde ahora? ¿Abdica en manos de tal ó de cual personaje su soberanía?

Pues peor para él; se habrá labrado él mismo su propia ruina.

En el epitafio de las libertades y del bienestar vascongados, podrá recordarse que ambas cosas se perdieron porque el pueblo lo quiso así, al morder el cebo del dinero y de las dádivas y al declararse él antes tan fiero, esclavo sumiso de los que tienen su vista fija en Madrid.

Poco, ó mejor dicho nada, representa un escrito mal derezado como el presente, pero hacemos lo que podemos en bien de nuestro amadísimo país, y nuestra conciencia está muy tranquila.

San Sebastian 30 de Octubre de 1905.

J. JAIZQUIBEL

(1) El presente escrito estaba destinado á publiarse en forma de artículo de periódico. De ahí sus dimensiones exiguas.


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