2017ko maiatzak 29, astelehena
Atzo Atzokoa

Autores:   Campión Jaime Bon, Arturo
Titulos:   El árbol de Guernika : discurso pronunciado por Don Arturo Campión en la solemne velada celebrada en San Sebastián con motivo de las fiestas euskaras, y organizada por el Consistorio de Juegos Florales
Materias:  Euskadi - Historia - Estudios, ensayos, conferencias, etc.
Editores:  ¢s.n.!, ¢S.l.!, 19--?

Localizacion              Sign.Topografica
FONDO DE RESERVA          C-38 F-1

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LA GACETA DEL NORTE

EL ARBOL DE GUERNIKA

Discurso pronunciado
por
Don Arturo Campion

en la solemne velada celebrada en San Sebas
tián con motivo de las fiestas euskaras,
y organizada por el Consistorio de Juegos Florales.
 

Discurso del señor Campión

Excmo. señor, señoras, señores:

Bien hubiese querido que la cortesía y el agradecimiento no me vedaran, con imperio, declinar la invitación del insigne Consistorio de Juegos Florales. Esta es la cuarta vez que suenan mis palabras en el salón donde se corona á los cultivadores de las letras euskaras, y aunque no dudo de la benevolencia del público, que siempre fué pródiga y liberal conmigo, dudo de mi propio desempeño para merecerla de veras, como no sea en el terreno de las intenciones, que nunca se ha estimado territorio sometido á la jurisdicción del arte, al revés de lo que en la moral sucede: que aquí las intenciones, siendo puras, salvan, y allí ponen de bulto la disparidad y disonancia entre las aspiraciones y la obra del autor, provocando y justificando su fracaso.

El Consistorio dejóme siempre amplísima libertad en la elección de tema; usando de ella pude en Azpeitia contestar á varias aseveraciones erróneas, y aun menos patrióticas que verídicas, de cierto ruidosísimo discurso de Miguel de Unamuno, con quien prosigo apretándome la mano después de refutarle, caso, en verdad, no muy común en estos tiempos de brutales controversias; y pude en Oñate proclamar tempraneramente, y no sin vehemencia, la necesidad de que en la orden del día de las cuestiones palpitantes de la raquítica política española, incluyésemos los euskaros, vellis nollis, la cuestion baskongada, la cuestión magna de nuestra reintegración nacional, logrando que salte á pedazos la losa funeraria tendida por el centralismo, hoy acorralado en sus supremas ignonimias, sobre nuestras libertades inmemoriales: Pascua gloriosa cuyos resplandores secarán las lágrimas en que el dolor y la ira cuajaron nuestros ojos; y pude tamibén, en Irún, convertida por el exotismo de las gentes y de las ideas, de frontera de Gipuzkoa en frontera de España, pude también en Irún reanudar mi cuerpo á cuerpo contra los enemigos del baskuenze, abroquelados, en las exigencias de la cultura, por lo común tan ajena y exterior á ellos, que el oirles ponderar sus excelencias me sugiere la imagen de un oso vestido de señorita.

Mas con toda esa libertad de asunto y tema que el Consistorio me concede, comprendo, señores, que he recorrido la mayor parte del círculo de ideas y sentimientos que he sido capaz de trazarme para estas solemnidades; comprendo que las madres se están agotando y que la árida roca ni siquiera brota el tenue chorrillo de antaño; comprendo que está sonando casi en mis oídos la hora melancólica y fatal de las repeticiones de sí mismo; que la persistente labor del invierno se traduce en el cansancio cerebral del estío, y que quien laboró como la hormiga no puede cantar entre las cigarras.

Este cansancio y depresión cerebrales me aconsejaban declinar la invitación del Consistorio, no interrumpir el reposo intelectual que temporalmente me está prescrito. Mas confieso que uno de los actos de las presentes Fiestas Euskaras avasalló mi entendimiento, entusiasmó a mi corazón; me hizo pensar, me hizo snetir; desplegó ante mis ojos un mundo mágico de recuerdos, y en concertda armonía de movimientos otro mundo mágico de esperanzas. Oí el murmullo lejano de las fuentes de la inspiración.... ¿Penetrarán sus raudales en mis secas fauces? Dios lo sabe, no yo, que al comenzar á cumplir mi cometido forcejeo con la idea premiosa. Si penetran, agradecédselo á Dios, señores, y si no, perdonádmelo á mí, en gracia al amor que me tornó temerario.

El actó á que aludo es la plantación de un retoño del árbol de Gernika, asociada á la fiesta escolar de los niños gipuzkoanos. Ese árbol es todo nuestro pasado; esos niños son todo nuestro porvenir. Los destinos futuros de Euskaria dependen de que el arbolito crezca; de que extienda sus ramas como un dosel dispuesto á la honradez y la libertad; de que los niños, cautivados por las voces que resuenan entre el follaje, no quieran nunca salir del círculo bendito de su sombra. El árbol de Gernika, más realmente que el famosísimo d eDodona, según observó el poeta inglés Wordsworth, habla. Al levantarlo á símbolo la historia, las edades le infundieron el dón de lenguas. En sus ramas anidan las arpas de los poetas que lo ensalzaron. Bajo la copa sonora los niños que veneren el árbol oirán, en premio, no rumores, sino palabras.

El árbol guarda tenazmente un secreto: el de su origen. Se niega á que la ciencia le ponga fecha ó le señale oriundez. Observa idéntica discreción que la raza á quien políticamente personifica. No constituye una especialidad euskara; hubo otros muchos árboles enlazados á sucesos históricos y á instituciones sociales. A la sombra de una encina fué erigido rey Abimelech. El olmo de Astudillo crió con su ramaje la corona ceñida á Fernando el Santo. Bajo uno de los más corpulentos robles del bosque de Vincennes San Luis, rey de Francia, administraba justicia.En las sombrías florestas de Domremy se aparecieron á Juana las visiones que trocaron su cayado de pastora por la oriflama flordelisada. Si hubierse de demostrar la importancia de los árboles en los cultos naturalistas de la antigüedad, ocuparía todo el tiempo de que dispongo. Las religiones gentílicas desde luego evocan la blanca teoría de los druidas que rodean al añoso roble para cortar con podadera de oro el muérdago sagrado, ceremonia en ningún otro lugar dramatizada por tan misteriosa solemnidad como en las costas de Armórica cuando el viento del mar traía los clamores orgiásticos de las Vírgenes de la isla de Sen. Los árboles, y singularmente el roble, desempeñan un papel tan capital en las tradiciones poéticas y en los relatos históricos de los pueblos llamados celtas, enlázanse tan entrañablemente á sus hábitos populares, á sus creencias y á sus supersticiones, que siendo hoy ya imposible negar una copiosa infiltración de sangre céltica en la euskara y la subsiguiente influencia social que el mestizaje étnico comporta, pudieran algunos inclinarse á buscar por ese camino su origen á la congregación de la Asamblea nacional bizkaina so el árbol de Gernika. Opino que la hipótesis sería más ingenios que sólida. La idea de congregarse bajo los árboles, ó de tomar á este ó al otro árbol como mojón ó linde de territorios en que habían de cumplirse determinados deberes, ó de llevar á cabo sucesos granados á la sombra de cierto árbol particular, por cualquier circunstancia famoso en la comarca, es idea muy propia de pueblos que aún viven próximos al que me atrevería á llamar estado de naturaleza, si un pernicioso error no inficionase la frase, y, por lo mismo, esa idea jamás podrá ser calificada propiamente de céltica, euskara, germánica, etc., sino de humana. Aymeric Picaud, peregrino del siglo XII, denominó á Nabarra nemorosa cuando la recorrió para ir á Compostela. No creo que Bizkaya fuese menos acreedora al epíteto en los tiempos remotos que podemso suponer comenzó á utilizarse el roble de Gernika, uno de los cinco árboles forales del Señorío. Y siendo nemorosa Bizkaya, y los bizkainos de entonces gente ruda, habitadora en dispersos caseríos circuidos de bosque, que ni siquiera templos de algún carácter monumental poseían, cuanto menos palacios para los incipientes menesteres del orden político y administrativo, ¿ha de maravillarnos que designasen un roble como punto de reunión á sus asambleas? El motivo de que fuese el de Gernika, y no oro, el designado, jamás lo desentrañaremos; alguno había de ser, y en la designación, probablemente razones de conveniencia locla, ó de notoriedad fortuita del propio árbol, intervendrían. Ignotos los motivos que entonces influyesen, nos suministrarán datos acerca de la mentalidad bizkaina sobre estos asuntos, las razones que los durangueses alegaron cuando se propuso cambiar de lugar de sus juntas, so el roble de Gerediaga, por la campa de Astola: "Desde Gerediaga-gana -decían los partidarios del roble tradicional- la mayor parte de los procuradores ven materialmente sus fogares, y ansí tratan con más amor lo tocante al bien de la tierra, e otrosí el somo de Gerediaga es díno de veneración por haber conferido en él desde tiempo inmemorial los procuradroes de las Repúblicas." El buen sentido de los honrados junteros durangueses discurrió con la profundidad que el genio político discurriría; la verdadera razón que desde el punto de vista de la felicidad de los pueblos condena á las grandes nacionalidades, resplandece en las susodichas palabras: el gobierno se halla demasiado lejos de los gobernados para que trate con íntimo amor del bien común de la tierra. Las grandes nacionalidades pueden jactarse de su gloria: sólo las pequeñas alcanzan la ventura. Es la recompensa que Dios concede á los humildes.

De cuantos simbolismos condecoran al roble de Gernika, el más bello y trascendental, á mi juicio, es el que le atribuye la personficación del organismo constitucional bizkaino. Considerard lo que es en sí un roble. Procede de diminuta semilla, desarróllase lentamente, á razón de unos siete milímetros cada año. Para levantar y sostener su masa y resistir á los huracanes invernizos, es necesario que bifurque por la tierra numerosas raíces, y queel seno nutritivo le proporcione los elementos químicos convenientes; que las condiciones climatológicas y de estación sean las propias de la especie botánica á que pertenece; en una palabra, que el medio ambiente le sea favorable, estableciéndose la adaptación de los movimientos internos á los externos, constitutiva de la vida. De esta suerte, aquella semilla que cayó en tierra donde los agentes químicos la descompusieron preparándola para su transformación futura; que pareció enterrada bajo imperceptible túmulo modelado por el propio engrosamiento de ella; que en busca de luz y oxígeno sacó á la superficie, aprovechando la porosidad del terreno, una leve hierbecilla que las alas vaporosas del más diminuto insecto ponían en vibración; que fué tallo, pimpollo indefenso que la pezuña ó los dientes de los animales hervíboros á cada momento pudieron arrancar; esa insignificancia, esa nonada, ese átomo de vida orgánica soterrado, se alarga, se nesancha, se recubre de coraza leñosa, se hiergue en forma de tronco hoy esbelto, corpulento mañana, brota ramas y más ramas en bifurcación indefinida, siempre hacia lo alto buscando el cielo, las prende de follaje y despliega por el aire azul la verde copa, con tal majestad, que las águilas detienen su vuelo en ella, y con tal fortaleza, que resistirá la sacudida brutal de los vendavales y la pesadumbre agobiadora de la nieve.

De igual modo nació y se desarrolló la constitución bizkaina. No la elaboró ninguna Asamblea constituyente en votación ordinaria, nominal ó de cualquiera otra especie; ni la preparó ninguna Comisión de notables, provistos de sus recetarios traducidos del inglés o francés, ni la discutieron solemnemente los filósofos de la necedad política, ni mucho menos reclamó su promulgación la canalla clamorosa, golpeando las puertas del Congreso. Nadie le cosió por proemio una declaración de derechos fundada en una derogación de deberes. Fué cosa hecha al revés de las cosas que la revolución hce. Comenzó á establecerse el día que unos cuantos pastores y leñadores de reducida comarca se reunieron á tratar de los negocios que les eran comunes, con la sencillez de ánimo que dilata la elección del lugar por la particularidad de un árbol. A las necesidades que ellos sentían respondieron con los remedios que á ellos se les alcanzaban. Esta fué la fórmula de su ciencia legislativa, que es la misma, en suma, empleada por Roma é Inglaterra, por los pueblos dotados de personalidad, de sentido jurídico, y, lo que es menos frecuente, de sentido común, que es el genio á diario. Legislador que antes de dictar la ley se entera de las modas legislativas reinantes, hubiese figurado en la pragmática contra los nepios de Quevedo con los aditamentos de necio de bordón y chorrera. Está cortado por el patrón de Wagner, el famulus de Fausto:

Was man cen der Natur Geheimniswolles pries,
Das wagen wir verstandig zu provieren,
Und was sil sonts organisieren liess,
Das en lassen wir krystallisieren.

"Lo que se estimaba misterioso en la Naturaleza-nos atrevemos á ensayarlo razonablemennte-y lo que ella en otro tiempo dejaba que se organizase-ahora lo hacemos cristalizar." El ridículo Homunculus de precaria existencia, procreado por Wagner en la campana de vidrio, es la pura imagen de las Constituciones creadas de una pieza, según los cánones de la razón razonante. De la ciencia política, que es una ciencia inductiva, la Revolución ha hecho una ciencia deductiva. El maestro de los legisladores bizkainos fué el árbol; de él aprendieron el secreto de las adaptaciones sucesivas, del progreso lento, de las transformaciones encadenadas, de la fuerza que perdiera, ó sea de la tradición. Y cuando por la multitud de actos legislativos verficados á la sombra del árbol llegó á ser éste el signo de aquéllos, y por verle subir siempre hacia lo alto se habituaron á medir la hermosura de la copa por la extención de cielo que cubría, entendieron su profundo sentido los bizkainos y plantaron sobre el roble la cruz, hermanando la Religión y la Patria.

La nota específica de la legislación bizkaina (y quien dice bizkaina dice euskara, pues en esto el pueblo euskaldun concuerda), es el espíritu de tradición. Para penetrar y dirigirnos en la vida de unos seres cuya naturaleza es tan extraña á la nuestra cual la de los astros, las plantas y los animales, sólo una llave existe: la experiencia. Con nuestros semejantes, por lo contrario, poseemos en común la vida colectiva. Entre nosotros y ellos el consentimiento constituye, á la vez, una necesidad y un principio de acción. Por tanto, cuando salimos de la relación con la Naturaleza y entramos en la relación con los hombres, la principal regla que nos conduce por ese mundo nuevo de la vida es el consentimiento. Mas este mismo consentimiento está condicionado y constante é invariablemente alimentado por la tradición, la cual no es un peso muerto que la humanidad esté condenada á arrastrar, esclava inconsciente de un amo desconocido. La idea del movimiento perpetuo, base de los sistemas revolucionarios, es radicalmente absurda. Vivir no es solamente cambiar: vivir es continuar. Nuestra vida participa del cambio y de la persistencia. Cambiar persistiendo y persistir cambiando, he aquí lo que de veras constituye la vida normal de la sociedad y la ley de su progreso. Sin la tradición, la voluntad social ó colectiva sería semejante á la voluntad inconstante, incoherente y caprichosa del niño. Es la que se observa en los pueblso revolucionarios, en los pueblos que han renegado y apostatado de la tradición. Y como de ésta forma parte sustancial la religión y con la religión á una la moral, la eliminación de estos principios tradicionales trueca á la voluntad pueril en voluntad perversa y los Gobiernos, privados del discernimiento del mal y del bien, se asemejan á una cuadrilla de bandoleros, fatalmente destinados á obrar la iniquidad. Por eso se han de tomar sus palabras con un sentido opuesto al que ellas rectamente significan. Y cuando digan fraternidad, entended lucha á muerte de clases; y cuando digan libertad, entended persecución de la virtud y de la ciencia y quebrantamiento de las cadenas con las que la vieja sociedad mantuvo aherrojados el error, el vicio y el crimen; y cuando digan igualdad, borrad de vuestra memoria aquella bellísima imagen del presidente de los Estados Unidos Garosfield, que comparaba el movimiento democrático al torbellino que sube á la humilde gota de agua desde el fondo uniforme y sombrío del Océano y la engarza en la cabellera ondulante de las olas, y entended que lo que persiguen las democracias pervertidas es sumirla, otra vez, desde la altura resplandeciente á la profundidad tenebrosa.

El árbol de Gernika es un árbol de tradición, y en la misma medida un árbol de progreso, estable y sano. Donde quiera que los euskaros experimentan la honda tristeza del bien perdido y abrigan la esperanza inmortal de recuperarlo, exteriorizan sus sentimientos por medio de un retoño del árbol de Gernika, que además de personificar las libertades bizkainas, simboliza las de todas las tribus, nacionalmente separadas del pueblo euskaldun. Por eso encontraréis renuevos ó vástagos suyos en Nabarra, en Alaba, en América, y desde ha poco en esta ciudad de San Sebastián, que cual la Sulamita á las hijas de Jerusalén, á todas las hijas de Euskalerria eclipsa por su hermosura.

Referir las causas que han producido dicha personificación, es labor analítica, impropia de este acto. Basta enunciar una de ellas, la cual, aun dado caso que no fuese la principal, es, sin disputa, la que mejor se compone con la índole da la solemnidad que estamos celebrando. Desde luego habréis entendido, señores, que aludo á la popularización y glorificación del árbol de Gernika po rl apoesía.

Los poetas son los que con mayor clarividencia percibieron el simbolismo del árbol, y al manifesrlo, convirtiéndose el efecto en causa, lo completaron con nuevos toques. Me es imposible hablaros de todos ellos, como quería; elegiré dos, pues marcan, por diversos conceptos, dos fases culminantes de la vida poética del roble gernikés: la épica y la lírica.

El primero de ellos en el orden del tiempo es, asimismo, el más famoso. Allá, en aquellos días que la monarquía española renegaba de sus principios y marcaba los grados de su decadencia con sus usurpaciones cesaristas, un frailer mercenario, el Maestro Téllez, más conocido en la inmortalidad de las letras bajo el pseudónimo de Tirso de Molina, azotaba el rostro del obsolutismo austriaco con varillas arrancadas al roble de Gernika. Las concisas y esculturales estrofan puests en boca de don Diego López de Haro, expresan, con fidelidad absoluta el sentido íntimo y total de la historia bizkaina. Aquel fraile maravilloso lo vió todo, y supo decirlo en brevísimas razones; cada palabra suya es un concepto, cada frase una descripción, cada descripción una sentencia. Vió la pristina indepndencia del país, por un puñado de héroes inviolablemente mantenida; vió la hidalguía fundada en la originaria naturaleza, en lo que los romanos denominaron ingenuidad, de la que son ruines remedos las ejecutorias de nobleza libradas por los reyes; vió la rudeza de las costumbres, la tosquedad de la civilización, la escasez de los frutos de la tierra, el austero vivir entre montañas, la viril laboriosidad de las mujeres: vió la oriundez bíblica de la raza, la incontaminada pureza de su fe católica, la generosa participación en la defensa de España; y dominando á los más altivos montes, por encima de las calvas cumbres nevosas, cual cifra que compendia á modo de síntesis que reume, vió el roble bendito cuyas hojas nunca salpicó el fango de las traiciones, ni cercenó el cuchillo de la tiranía!

El segundo de los poetas no era fraile; mas si en su época hubiesen quedado frailes en España, cupongo yo que habría acudido á la sopa de los conventos: ¡tal fué de desdichado! La corona de los poetas, antes que de laurel, es de rosas; el pueblo ve las rosas, el poeta siente las espinas. Apellidábase á si propio el "Gran arlote", expresando con un solo vocablo todas sus miserias. Conocile yo el año 1879, en las Fiestas Euskaras de Elizondo. Plantóse allí desde el corazón de Gipuzkoa, peñas arriba, con su vieja guitarra á cuestas y su cayado en la trémula diestra. El color de su modesto traje negro desaparecía bajo el lodo y el polvo del camino. La prócer estatura, aún erguida; la leonesca melena y la copiosa barba, broncas, despeinadas y canas; la expresiva mirada de sus ojos, ora suave como el idilio, ora centellante como la tempestad, iluminadas por la legendaria aureola de su nombre impresionaban. Aún más íntimamente que en Elizondo le conocí meses después en Echarri-Aranaz, adonde fui á entregarle cuatro mil reales con que le socorrió la Diputación de Nabarra. La decepción, el desencanto de las primeras entrevistas, se acentuaron entonces. Juzgábale yo, y conmigo otros muchos, con el cruel catonismo de la juventud. Nos lo imaginábamos como el hombre d eun solo canto, el hombre de  un solo sentimiento, el bardo que habiendo celebrado la gloria del árbol de Gernika no le contemplaría caído, sin arrancar á la inspiración el grito que sublevase al pueblo, ó el anatema que infamase al tirano. La realidad era otra. Sentado á la mesa, con la botella y el vaso de vino delante, deploraba prolijamente, no las miserias de Euskaria, sino las muchas que á él le afligían, ó habían afligido, enredábase en las inacabables memorias, no siempre edificantes, de su vida aventurera; refería anécdotas, chascarrilos, cuentos verdes; cantaba cancioncillas francesas, italianas, españolas;únicamente parecía acordarse de que era autor del Gernikako Arbola, en cuanto este recuerdo servía de título á su angustiosa postulación, entre amaargas y justísimas quejas, por haberle desenterrado de América, donde él vivía olvidado de sí mismo, y traerlo á morir de hambre entre sus paisanos... ¡Pobre Joshe Mari! El arlote, ya ni grande siquiera, llenaba la escena; el bardo desaparecía como una imagen crimosa, del todo fantástica acaso... Mas si el curso mariposeante de los personales sentimientos, ó las sugestiones de los contertulios provocaban la reavivación de la esencia verdaderamente inmortal de Iparraguirre y ponían en sus labios el himno que nosotros hubiéramos querido escuchar siempre, saltaba al escoria del viejo arlote, y se transfiguraba en símbolo, en hombre representativo de Euskaria y su libertad!

A Iparraguirre se le debe aplicar también la soberbia frase que Donoso Cortés aplicó á O'conell y á Olano, de hombre-pueblo. El pueblo euskaldun no ha cantado la odisea de sus peregrinaciones ni la epopeya de sus batallas, ni el drama de su historia: nada sabemos de él que él mismo nos haya transmitido. Es un pueblo mudo. Amaba con delirio sus instituciones, acababa de correr el peligro de perderlas, las había ya perdido varias veces... y con todo, sus afectos permanecieron encerrados en su conciencia, bajo siete sellos. Iparraguirre los rompió y destrabó la lengua secularmente trabada. Al escucharle, el pueblo euskaldun se oyó á sí propio. El Gernikako Arbola es la poesía menos poética que ha podido inspirar tal asunto; su rima es pobre, pobres sus imágenes, pensamientos y comparaciones: pero es rico, muy rico el sentimiento compendiado en la frase "adorantzen zaitugu-arbola santuba". El culto interno se hizo externo. Por esto es grande Iparraguirre, porque dió forma á lo que todos sentían y nadie expresaba: y es grande, además, porque aprovechó el momento único que el tiempo proporciona para hacer bien las cosas. En vano otros poetas le aventajarán en galas puramente literarias; en vano le discutirá la crítica y demostrará que la letra y lo música del zortziko no son de la misma mano, arrebatándole la paternidad del elemento artístico que más contribuyó á la propagación del conjunto. No importa: la memoria del árbol de Gernika y la de Iparraguirre son legítimamente inseparables, y la posteridad sentenciará que la estatua de Villarreal de Urrechu está bien levantada, porque aquélla no es la estatua de un poeta, es la estatua del amor foral; y cual Dimas el buen ladrón, Joshe Mari, el arlote, en un breve instante, habrá ganado la inmortalidad.

Desde el domingo esta culta ciudad de San Sebastián, por tantos títulos amable, posee un retoño del árbol de Gernika. Yo pido á Dios que el arbolito arraigue, no sólo en la tierra, sino en los corazones, y que el roble, celebrado porque no prestó sombra á confesos ni á traidores, no envilezca sus ramas extendiéndolas sobre los tahures y las meretrices que algunos desdichados quieren disputar á Ostende y Monte-Carlo. Si el destino del retoño fuese el de presidir á la apoteosis del vicio y á la deseuskarización sistemática del pueblo, yo os propondría, señores, que nos fuésemos de aquí á arrancarlo.

Sin duda sus destinos han de ser más gloriosos: servirá de lábaro que conduzca a la victoria á los animosos patriotas donostiarras que quieren hermanar los progresos legítimos de su ciudad querida con la perpetuación de su carácter basko. El arbolito recién plantado será el monumento que marque la resurrección del espíritu nacional, destinado, con el favor de Dios, á restablecer en toda su integridad el derecho inmemorial de Gipuzkoa. He dicho.


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