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Atzo Atzokoa

Autor:  Oficial Bascongado, Un, (autor)
Titulos: Las tumbas del castillo de la Mota de la ciudad de San Sebastián / por un oficial bascongado.
Nota:  17 p. ; 22 cm
Digitalizado
Editor: San Sebastián : Imprenta y Librería de L. Lancis, 1902.
Materia: Castillo de la Mota (Donostia-San Sebastián)--Historia. Donostia-San Sebastián--Historia--1813.
CDU:   728.81(466.212) Mota (091)
946.621.2"1813"

Localizacion         Sign.Topografica
FONDO DE RESERVA         C-152 F-22
Estado NO PRESTABLE

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LAS TUMBAS
DEL
CASTILLO DE LA MOTA
DE LA
Ciudad de San Sebastián
POR
Un Oficial Bascongado

SAN SEBASTIAN
Imprenta y librería de L. Lancis, San Marcial, 42
1902


LAS TUMBAS
DEL
CASTILLO DE LA MOTA
DE LA
Ciudad de San Sebastián
POR
Un Oficial Bascongado

Precio 0’50 cts.

SAN SEBASTIAN
Imprenta y librería de L. Lancis, San Marcial, 42

1902

 

.SUMARIO
PRELIMINARES.-Hombres ilustres.-Los soldados de la República y los del Imperio.-Delenda est Donostiya.-Albion la Nebulosa.-Sus miras.-Sir Richard Fletcher Bart.-Las líneas de Torres Vedras.-Episodios de guerra.-ROUTA DE LA FORTERESSE.- Impresiones sagradas.-BEAUTI AND FRIENDSHIP TRULI MOURN HIM.

Dulce es siempre remontarse con el pensamiento al pasado.

Evocar recuerdos y alimentar la inteligencia con lo bueno que hombres superiores nos legaron, es uno de los más legítimos goces de la vida, provengan de donde quieran; porque lo bueno es bueno siempre, y con el crisol del tiempo, la verdad se hace paso recobrando su imperio, para aprovecharnos de útiles enseñanzas.

Entre la multitud de acontecimientos notables de las guerras de la Península, si prescindimos de las hábiles retiradas de Moore y Massena, de los sufrimientos de los soldados de Junto, de las heróicas empresas del Corso de Navarra Mina y sus lugartenientes Cruchaga, Jauregui y otros guerrilleros, cuyas proezas fueron tan nunca vistos prodigios, cuanto olvidados por la historia convencional, sino estuvieran impresas con huellas indelebles en las rocas de los desfiladeros del Bruch y de Arlabán, como en los inmortales muros de Gerona y Zaragoza, ó ya en lo ensangrentados carrascales, campos y montes de la tierra española; pocos llamarán la atención del hombre pensador, del militar estudioso, del patriota esclarecido, como la construcción de las célebres líneas de Torres Vedras y los combates, bloqueo y sitio que precedieron á la toma y destrucción de San Sebastian.

Pero en las empresas militares  son muchos los factores que intervienen, y en los dos acontecimientos últimamente citados, se destacan magestuosamente dos figuras, dos nombres; el del ingeniero inglés Sir Richard Fletcher Bart, trazador de las célebres líneas de Torres-Vedras y el del General francés Emmanuel Rey.

Cuantas veces, tras la severa figura del conquistador victorioso ó del general insigne, se oculta la de algún hombre de ciencia, militar y sabio, génio humilde, pero alma de las concepciones del guerrero; espíritu creador que mueve á veces el brazo que ejecuta, mide las ventajas y las contrariedades, provee lo necesario moral y materialmente al soldado, sufre con éste los rigores de una campaña, y es por último, aun dada su vida en holocausto, la estrella salvadora, el faro luminoso, que indica al caudillo el camino de la victoria. He ahí á Fletcher.

Otras veces, es el concurso de muchos esfuerzos que coadyuvan á un mismo fin: céfiros bienhechores que aclaran las nubes, sobre las que se cierne el sol esplendente de un talento militar y fía en su estrella, en el amor á la gloria que alienta á sus inmediatos y en el valor de sus soldados. He ahí á Rey.

¡Y que soldados, los soldados franceses de aquella época!

Amamantados muchos de ellos en la verdadera escuela del Gran Hoche, el mejor modelo de militares de los tiempos pasados y presentes; guerrero de alma hermosa y grandioso valor, la gloria más legítima y pura de la Francia, General á los veinte  y seis años y á los veinte y nueve General en Jefe, pacificador verdadero por medio de las armas bien esgrimidas y su grandioso talento de la terrible guerra civil de la Vendée, el que tal vez para desgracia de la Humanidad, como todo lo bueno, vivió muy poco y el que ideó en la época moderna herir á la Inglaterra en el corazón, aunque estas y otras ideas quisieron copiárselas despues, hombres, que quien sabe, si indebidamente, pasaran por esclarecidos, sin su valor, su moral, sus condiciones ni su virtud: esos soldados franceses, repetimos, que tuvieron el destino providencial de extender las semillas de la Revolución, al patriótico canto de La Marsellesa, oda sublime que un nuevo Orfeo, aunque humílde oficial, había compuesto para los nuevos espartanos, que pasmaron con sus proezas; que inauguraron la campaña de Holanda con el nunca bien visto portento de rendir una flota de los húsares de la libertad en el helado Zuider Zee, haciendo la caballería republicana prisioneras las tripulaciones; que al grito de Landau ó la muerte espugnaron las líneas de Wisemburgo; que después de luchar y vencer en las fragosidades de la Baskonia, sin tiendas, sin zapatos, con harapos para abrigarse en las húmedas proximidades de la costa de Guipúzcoa, durante crudos inviernos, envueltos por epidemias y enfermedades, ganaron el disputado paso preciso del Zasiola, vadeando el Deva con agua al cuello, para ir á presentar las armas al árbol de Guernica; pero los que más tarde cruzaron cantando los desfiladeros de los Alpes, pasando en emulación honrosa la Artillería sobre troncos de árboles, los del San Bernardo, con aquellos cuyos bridones eran arrebatados y envueltos por las avalanchas en el San Gotardo, siguiendo unos y otros las huellas de Anibal, estaban ya convertidos en los soldados del Imperio napoleónico; del César, que habiendo visto prosternados á sus pies á los Reyes, tal vez se envaneció con la altura, acaso confió siempre en su estrella, como cuando huyó de Egipto y de sus heróicos compañeros de armas que lo habían elevado, al par que sus innegables méritos; pero que no siendo ya el Bonaparte de Italia, y si habiéndose hecho imposible á la Europa, deshoyó á sus lugartenientes, fingió desvío á Angereau, no atendió á Massena ni á Ney el valiente entre los valientes, que soñaban cicatrizar las heridas de la Francia y a pesar de su heróica Guardia vieja, la que no quiso rendirse en Waterloo, fué á eclipsar aquella estrella, aquel astro que le cegara, allá; en medio del Atlántico, en una isla, solitaria para su grandeza.

Y era tal la entereza de Rey como la de otros generales de la Francia, que aun despues de la batalla de Vitoria, aun contra la opinión de su monarca José Bonaparte en oposición moral con la de su hermano Napoleón, pues parece ser que casi convencido de la inutilidad de su deseo, queria aquel reinar por el triunfo del corazón más que por el triunfo de las batallas; cuando desalentados, mal empleados ó dirigidos, los seis mil caballos, la masa más formidable de caballería de aquellos tiempos, no pudieron contener á los aliados, aún persistían los generales napoleónicos en el empeño vano de su César.

¡Qué no hubieran acometido un Hoche, un Marceau, un Westermann con la virtualidad de su idea y aquel huracán de escuadrones! Pero la balanza de la suerte estaba de un lado inclinada y era obstinación luchar contra el destino: sería la idea injusta, seria la fatalidad, pero Francia se vió otra vez invadida aun más peligrosamente que hubiera podido serlo en tiempos de Souvaroff, pues no hubo ó no se dió á conocer poco antes, ni despues de confiarse Napoleón á la fé britanica; otro hombre que como Massena, la salvara en batallas cual la de Zurich en los ventisqueros y abismos sin fondo de la libre Helvecia.

Los soldados de Rey, sin embargo, supieron aun hacer prisioneros á los de Graham en los combates contra San Sebastian y dentro de las fortificaciones de la entonces murada Donostiya; desdeñoso su jefe se negó á recibir ni oir á los parlamentarios; el sitio hizo convertirlo en bloqueo; Wellington con la rabia en el corazón vió caer ante la brecha de hacia la Zurriola la flor de sus ingenieros y miles de valientes que morían abrazados sin poderse mover hacia adelante ni hacia atrás entre el fuego de los defensores y la marea creciente en el Urumea y solo después de tantearlo todo, hasta el herir el amor propio de sus mismos soldados, al mismo tiempo que triunfaban los españoles en San Marcial, manchó con un borron sangriento, luctuoso é inútil, la lista de victorias que los aliados traian desde Portugal, destruyendo San Sebastian.

Se esplica la conservacion de la plaza por los franceses en la esperanza de reacciones ofensivas; lo que si bien se concibe, no se esplica ya tanto, á no ser por amor propio, ó tener alguna mira ulterior, es el embestirla alejando á los españoles, que se hacian matar aquel mismo dia en la cuenca del Bidasoa (que las alianzas modernas de España han contribuido más á hundirla), y embestir, repetimos, á San Sebastian, con aquel ardor, aquel encarnizamiento, tan á toda costa; encarnizamiento y ardor que pudieran haberse demostrado mejor poco despues, allá en Bayona, en tierra francesa y que muerto Fletcher, fué aquel sitio infructuoso, otro fracaso para el caudillo británico, aun con auxilio de los aliados, cuyo fracaso no impidió las batallas de Orthez y de Tolosa, como el no empeñarse tanto en San Sebastian hubiera impedido la de San Marcial.

Faltó á la pobre y desdichada ciudad un hombre que la salvara como el general Alaba salvó á Vitoria y San Sebastian fué destruída.

Asi es, que ¡quién sabe! si entre las instrucciones dadas a los generales ingleses, figuraba la de hacer desaparecer á San Sebastian, con su célebre compañía de Caracas, con su influencia colonial de otras épocas y con las ventajas del cercano puerto de Pasajes. Todo es presumible en las miras de un pueblo que quiere imponer su influjo en todos los mares, marcar y dominar el derrotero de las naves que no ostentan su pabellón, y que dirá sin rebozo la conocida frase de “arda el mundo con tal que me caliente yo.”

Estas consideraciones se nos ocurren, pues no puede menos de suceder así cuando se leen las frases de un escritor y sábio extranjero (1) y al lamentarse ante Europa un pueblo entero, que recuerda con horror los episodios de aquella saturnal de sangre y devastación. (2)

Las miras de la poderosa Albion tiene algo oscuro como sus nieblas; impenetrable y maquiavélico como sus políticos: pero cuando ve un éxito seguro, se precipita como el azor sobre pajarillo y si ayer sondea con sus escuadras los Dardanelos, es por la Península de Gallipoli, que pueden estudiar sus ingenieros, convirtiéndola en otra Torres Vedras; si hace estación semi-fija de sus marinos la bahía de Vigo, mirad la situación topográfica y extratégica del terreno que se extiende entre ella y la de Pontevedra y no miréis á si se parecen las rias españolas y la poblada Galicia á los entrantes del mar en la verde Erin. Siempre busca y aprovecha en sus, con frecuencia arriesgadas combinaciones, todos los puntos extratégicos, bien se llamen Malta, Puerto-Sid ó Aden, Buena Esperanza, Gibraltar ó Lisboa; destruye los que no pudiendo aprovechar dan importancia y predominio á otra nación; hoy, porque lo sospecharon respecto á Copenhague ó Tolón y quien sabe si hasta Pretoria, considerados mercantil, naval ó militarmente.

De lo que sí puede estar orgullosa Inglaterra es de contar entre sus hijos, talentos de tal orden, que parece personifican ciertas épocas. ¡Qué hombres! ¡Qué apóstoles tienen las grandes ideas de patria, ciencia y religión!

En verdad que sea por sus sistema de reclutamiento en el ejército ó por otras causas, pueden mucho más que de sus soldados vanagloriarse de sus talentos; y un Nelson, un Fletcher ó un Livingston, dicen mucho más con los esplendores de su genio, que los terribles recuerdos dejados tras sí en nuestra patria, por los soldados de Moore, de Wellington ú otros Generales, que han parecido sentir odio á muerte, á todo lo que fuese para ellos extranjero.

Ahora bien; unas pueden ser las miras políticas de un pueblo y otras las glorias alcanzadas por sus hombres eminentes. La historia juzga aquellas, mientras la inteligencia se recrea admirada en los esfuerzos de éstos, y así como su muerte sobre la brecha valió a Fletcher el título de bizarro soldado, una de las manifestaciones que con más motivo contribuyeron á darle el de ilustres ingenieros, fueron sus talentos demostrados como principal trazador de las líneas de Torres Vedras.

Causa admiración la suma de trabajos morales y materiales acumulados en aquella Península de Extremadura (Portugal), dique formidable que defendido por 60.000 soldados, 600 cañones y centenares de reductos y obras de campaña, era imposible salvasen las tropas de Masena, tocadas del cáncer de la indisciplina; provistas de mediano material y escasos abastecimientos, así como diezmadas por las guerrillas si bien fuesen mandadas por el más acreditado Mariscal del Imperio, distinguido por su contemporáneos con el título de Hijo querido de la victoria.

Sabido es que Lord Wellington, dividió en siete zonas los distritos aquel inmenso campo militar, que tocando las márgenes del Zizandro en la parte inferior y media de su curso, se extendía hasta el Tajo, cubriendo la capital del reino lusitano.

Aquellas obras tan perfectamente situadas y dispuestas, eran, según la expresión de Thiers, cerradas por la gola unas y abiertas otras. Todas contaban de glacis, foso y escarpa, almacenes para los víveres de boca ó guerra, y si bien se hallaban unas defendidas por seis bocas de fuego, las había que encerraban cincuenta, de varios calibres. Montadas sobre afustes de posición, estaban colocadas, de manera que no pudiesen servir al enemigo en caso de movimiento retrógado de unas á otras. Con el rico arsenal de Lisboa, empleando caminos construídos para los movimientos de las tropas y comunicación entre las obras; los bueyes del país para facilitar el movimiento y emplazar las piezas; sistemas de señales que permitían, en algunos minutos, llevar al centro de la línea, la nota precisa de lo que ocurría en sus extremos; con campamentos, abrigos, puntos de concentración, maniobra y tiro, así como encerrando á las tropas inglesas, y lo que había de más maniobrero en el ejército portugués, las líneas de Torres Vedras, eran unas defensas formidables, una barrera inmensa semi oculta hasta la hora precisa por el más profundo secreto, y después de Ciudad Rodrigo, Almeida y Busaco; cuando los imperiales penetraron por el valle del Mondego, allí fué á estrellarse el genio de Massena.

En vano ante el leopardo que acechaba, rugía el león enfurecido; ambos tenían sin restañar las sangrientas heridas de Busaco y seis meses estuvieron frente á frente: atacar aquellas fortificaciones, hubiera sido inútil y expuesto á un descalabro, muy incierto á lo menos, y el Mariscal de Francia, desfallecido por sufrimientos de todo género, creyendo ver resistencia pasiva ó mala fé en sus lugartenientes, convencido del nulo éxito que ya había previsto, supo aún realizar una retirada, que mereció el calificativo de obra maestra y excitó la admiración de su contrario.

En el resultado obtenido por Lord Wellington, pocos contribuyeron tan poderosamente, como el estudioso ingeniero que reposa tras la fortaleza del monte Urgull: sus compañeros de armas erigieron á su memoria una poética tumba, honroso tributo al Oficial distinguido, que unía á tumba, honroso tributo al Oficial distinguido, que unía á su talento una gran modestia y al que si sus Jefes colmaron de alabanzas en vida, la posteridad ensalza con justicia.

 

Vamos á cambiar de metro.

Dejemos ahora las dantescas saturnales de sangre; los desportillados muros coronados de guerreros que se insultan con la rabia en el corazón, buscando éste al herir; los que mueren invocando el dulce nombre de su respectiva patria y de la madre que les dió el ser, aunque esa patria los olvide enseguida y esa madre los tenga siempre fijos en su memoria mientras viva: el ruido del cañón, el estruendo y confusión espantosa de los combates, andar casi descalzo sobre el hielo y la escarcha ó la caldeada arena, con girones por ropas, el frío seco que éntra hasta los huesos, el caer el compañero de fila y no volver siquiera la cabeza, cuando el esceso de fatiga quita el sueño, cuando la desesperación es tan espantosa que ciega la bestia humana no hay gracia para nadie y en vano voces enérgicas gritan ¡honor! ¡perdon! ¡cuartel!; escenas sin misericordia en que se vuelven locos los hombres y pocos conservan el espíritu; insensibles no se notan las heridas ni la pérdida de sangre, hasta que pálidos, con angustias indefinibles, llega el desvanecimiento.

Yo, perdonad que os hable de mí, soy testigo de escepción; prisionero en una guerra, de esos valerosos voluntarios de intrepidez tan legendaria como estéril, los alabeses, siempre engañados y esplotados como tantos otros; herido por los cubanos en lucha leal y frente á frente en otra, podia deciros algo de eso; he esperimentado las torturas del que á la luz del mortecino farol de un depósito de prisioneros que más espanta que alumbra, despide con el terror del vencido en el alma y velados los espantados ojos al amigo, al compañero, que no se vuelve á ver jamás, y así empecé una carrera que llaman y es seguramente de honor; ya sé lo que es alzar una arma para disparar y encontrarse una docena de fusiles que os apuntan al corazón y arrojar el vuestro por inútil ó fraticida y tener que entregarse única manera honrosa de ser rendido, cuando las ruedas de las piezas y armones aplastan á los moribundos, cuando á las imprecaciones del vencido siguen los gritos de triunfo de los vencedores, el relincho de los caballos que parece se poseen muchas veces de la embriaguez de gloria ó de sangre, de sus ginetes y por último la satisfacción del deber cumplido al caer en medio de vuestros soldados que os aclaman, que quieren resguardaros con sus cuerpos, al ver sus huecos que hacen las balas en las filas; entre los heridos de uno y otro bando que mezclados recogen sus miembros, se arrastran en supremo esfuerzo para no ser machacados por la artillería ó pisoteados por la caballería en avance ó retirada.

¡Qué cosa más horrible es la guerra! ¿Será posible que aun haya quien prospere con esa inmensa desgracia de los pueblos?

Dejemos, sí, esos temas. Nada os diré de que hay glorias, distinciones y veneras usurpadas despues de esas catástrofes: ¿dó estan los que muriendo las ganaron? Que lo mejor á veces es lo que permanece desconocido, lo no escrito; felices los pueblos sin historia, han dicho algunos, y debieron añadir y sin déspotas; nada de gritos del combate, nada de la embriaguez del triunfo injusto que es la peor de las borracheras: luchemos en las campañas de la paz, en las empresas del corazón y el amor, en los triunfos inenarrables de la virtud. Venid conmigo, si me admitis no más que un momento, voy á serviros de cicerone, ó mejor aún, haceos acompañar de la persona amada, de la prometida, que vaya con vosotros vuestra esposa ó hija, ascended las pendientes del monte coronado por el histórico castillo de la Mota y veréis cómo al paso que aspiran la brisa yodurada, observan cómo los británicos asocian á todos los acontecimientos prósperos ó adversos de la vida á la más bella mitad del género humano, que tambien entre los sepulcros que guardan las cenizas de militares de inferior graduación ó guerreros ilustres á todos los que la muerte igualó en la categoría extrema de cubrirlos una misma capa de tierra, figura en alguno, sencillo en su humildad, grande en su concepto, el nombre de una mujer.

Desde la segunda escalinata en la esplanada de entrada á la Iglesia de Santa María, podéis distinguir perfectamente un letrero trilingüe, en la esquina que formando parte de las dependencias ó manzanas de casas delanteras del Convento de Santa Teresa, inicia un callejón empedrado y en pendiente entre ambos edificios.

ROUTA DE LA FORTERESSE
THIS WAY UP TO THE CASTLE

El celoso municipio donostiarra fija y facilita el conocimiento del camino más directo y próximo que conduce al Castillo de la Mota, entre la Iglesia de Santa María y el Convento de Santa Teresa, más arriba está la defensa accesoria, la barrera ó empalizada de un puesto de guardia y aun más en lo alto de la cuesta, hermosa árboles y luego empiezan las obras y fortificaciones; pero es una subida muy ágria, una cuesta penosa que no todos los pulmones pueden soportar.

Empleando una hermosa mañana ó mejor la caida de una tarde, encaminaros por la izquierda de donde indica el letrero, sobre el que hay una placa azul que en idioma local tambien os dice KASTELU ALDAPA, (cuesta, ó subida al castillo), seguid por una faja enlosada que conduce á una pequeña puerta del muro exterior y en un paseo higiénico y de placer, recorreréis los encantados lugares que rodean las tumbas de los ingleses, mal llamadas así, pues también hay otras; pasaréis por la Batería de las Damas, visitaréis el semáforo, podéis contemplar cómo el sol se hunde en Occidente coloreando las nubes, el mar, allá á lo lejos el cabo Machichaco y trozos de la Corniche del Cantábrico, carretera verdaderamente colgada ó suspendida sobre el mar, pudiendo distinguir ó adivinar tambien durante vuestro ascension, Choritoquieta (Mansion de los pájaros), Ametzagaña (Collado ó cresta del sueño), Santiago Mendi donde sí bien la tradición ó la conseja, aseguran predicó el apóstol Santiago, también hubo baterías carlistas que todos esos montes, todas esas fragosidades del Pirineo que se vislumbran, estan regadas de sangre de víctimas y de mártires, sangre por desgracia en su mayoría fratricida.

Echemos la vista á otros lugares pintorescos y poéticos de estas cercanías, pensemos unos instantes en la oración y el recogimiento, estamos ya en las Tumbas; venid, que los que aquí llegais sabeis sentir en este rinconcito de eterna paz, de amor, y de recuerdos, donde acaso esos que se insultaban en las brechas y asperezas reposan juntos, uno al lado del otro, el francés, el inglés, el español, todos teneis una patria común, el puñado de tierra, que tal vez la verdadera patria es el mundo, que el supremo bien es la vida. Pero notad; hombres que debieron ser superiores reposan ahí; aunque en tierra hospitalaria ís para él extraña, éste aun después de muerto, parece por voluntad expresa, le dieron tierra mirando á su pátria ¡que estraña orientacion de la de la tumba de Fletcher mirando á Inglaterra!, aquél parece decirnos que la muerte es bien poca cosa cuando se cumple con el deber, es la tumba del General Gurrea que á la cabeza de sus soldados fué muerto en el puente de Andoain, en una de nuestras guerras civiles; ved el bajo relieve injuriado por el tiempo ó la mano criminal y sacrílega; aun se adivina un guerrero á caballo, un puente á sus pies, murió en su puesto de honor; el misionero en remotas playas, el marinero sobre el puente de su nave, el militar en el campo de batalla, esos son los elegidos, los mejores, ¡qué hermoso debe ser eso!... á cuantos ni morir con honra les dejaron. Mucho más que esto nos dicen esas rocas, el mar que brama á sus piés, el viento que gime entre los robles y las ortigas, las malvas y las zarza-moras, apología de la vida cuando animaba á los restos que ahí yacen; supongo que entendeis é interpretais bien ese lenguaje, ¿no lo ois?, es un rumor ora vago, misterioso, acaso imperceptible para algunos, ó ya fuerte estruendoso, y si hablan las rocas, el viento y el mar, mucha, muchísima más elocuencia, tienen las tumbas. El musulman se hace enterrar mirando á La Meca ¿se hizo enterrar el inglés mirando también á su ciudad sagrada? ¡Qué dice esa tumba de los Jefes y Oficiales de ingenieros británicos! Acaso piden justicia, la que no habrá habido para ellos en el mundo; gloria y honor que son muy efímeros aquí y la esperan de allá; acaso amparo, protección á sus cenizas que yacen en tierras extrañas: casi todos los pueblos que estiman su pasado, su verdadera historia, tienen panteones para sus hombres ilustres, que la vida de los muertos es el recuerdo de los vivos, y en ellos reposan entre trofeos, cubiertos por los gloriosos girones de sus banderas y las que con su sangre ó esfuerzo conquistaron á sus enemigos: Wellington yo no lo sé, estará en la Abadía de Wenmiser y triunfó por los méritos, por la sangre de algunos de estos muertos ilustres. Contrastes del destino ó miserias de la vida si vais aparejados en la existencia humana, el pensador no sabrá traduciros; solo el poeta entiende el vocabulario del corazón. ¡Feliz el que sabe arrancar al laud historias y armonias, que escucha y entiende el rumor de la brisa, el bramido de las olas, el mudo lenguaje de las rocas, el palpitar de las hondas y que leé en las desgarradas nubes coloreadas de fuego y oro, como nuestro sentimental Becquer.

¿Quién sabe lo que dicen esas tumbas?

Aquí solo sabemos que somos muy poco y que despues de tanto siglos que llevan de existencia las sociedades, no se alcanza á leer en el corazón humano, con sus grandezas y sus pequeñeces, sus altas miras ó sus pasiones.

Bien sería, evitar las posibles injurias á esos recuerdos del pasado y á la cultura probada de este noble solar, pues en obsequio á la verdad, no se deja de observar alguna nota triste, el que persigue el mal como alma honrada que no tenga ocasión de esclamar.

“Ni aun en la paz de los sepulcros creo”

Alguno de esos relieves, alguna de esas lápidas entre la dedicatoria sentida de un amigo á otro muerto en el campo del honor, como la que el General inglés Lacy Evans, valiente, galante y caballeroso dedica á su compañero Gurrea, entre otras que á un alma por bien templada que sea, arrancan muestras de dolor, de tristeza ó de lágrimas, hay alguna que debiera estar cubierta ó enlutada por el daño que pudieran sufrir la moral y los respetos.

No estaría mal un guardián del sagrado lugar, encargado esclusivamente de vigilarlo y si queda algun inutilizado de esos combates de Ametzagaña ó Ayete, de las luctuosas y empeñadas jornadas de las Lineas de Guipúzcoa, que tanta sangre costaron en las que los batallones carlistas al mando del valiente Sagastibeltza (que tambien tienen sus héroes providenciales ó fatalmente las causas desgraciadas), sintieron moral artura de matar, especialmente soldados ingleses, pero á cuyo frente iban siempre los chapelgorris, hijos de estas montañas; sino hubiese algun superviviente de aquella época, lo habrá de la última guerra, de los no menos luctuosos combates de Choritoquieta, Mendizorrotz y Arratzain, que mucha sangre generosa se ha vertido en estos contornos por la libertad y la nación, la provincia ó el municipio podrán premiar con tan honroso encargo á algun inválido, despojo viviente de las guerras, que en su humildad algo significan dando forma práctica á sus sentimientos naturales y filantrópicos.

El por qué corporaciones civiles tan distinguidas como las que han regido los destinos del pais, clásico siempre de la hospitalidad, aunadas si fuese preciso con las político-militares, no han puesto los medios de evitar alguna, tal vez solo una nota triste, en tan poéticos lugares, no se nos alcanza; hay que fijarse en que son mansión de paz: ya no se oyen las descargas de un pasado que ojalá más no volviera, ni el estallar de proyectiles hace al caso en aquel rinconcito de las tumbas; hay que acordase, que á ese lugar de recogimiento y aun de recreo misterioso de las facultades, van á solazar el espíritu, á respirar la brisa perfumada y estasiarse en la contemplacion multitud de touristas y amateurs de todas las naciones.

¡Qué de historias, de recuerdos, de apolojías el corazon en tan pequeño espacio! ¡Ved esa fosa! ¡Es la de un pobre oficial subalterno! Se conoce que en el supremo instante de morir, los últimos latidos de su corazón fueron en triste á la par que grandioso maridaje dedicados á la trilojía de los grandes amores, el de su madre, el de la patria y el de la amada ausente, á los que unió su concurso algun fraternal amigo.

En aquella lápida borrosa aun podía leerse hace muy poco.

“La belleza y la amistad llevaron luto por él”.

Enrique de Irabizu Larrañaga

    (1) Indudablemente el 31 de Agosto de 1813 San Sebastian ha sido destruida por sus propios aliados, y su ruina era premeditada. La responsabilidad de esta destrucción recae evidentemente toda entera sobre los generales ingleses que comandaban el ejército asaltante..... etc.-Souvenirs de M. de Quatrefages.

    (2) Manifiesto de la Junta de San Sebastian, del Cabildo eclesiástico y del Consulado, y Diario de los sitios de la Península, de 1807 á 1814, por J. Delmas, páginas 645 y siguiente.

 

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