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Atzo Atzokoa

Autores:   Echegaray Corta, Carmelo de
Titulos:   Iztueta : conferencia de D. Carmelo de Echegaray, leída por el Se¦or D. Joaquín Pavía y Bermingham en el Salón de Actos del Instituto de Guipúzcoa el día 25 de Septiembre de 1904
Materias:  Iztueta Echeverría, Juan Ignacio de
Editores:  Imprenta de la Provincia, San Sebastián, 1905

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FONDO DE RESERVA          C-123 F-3                No prestable

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FOLK-LORE VASCONGADO

IZTUETA

CONFERENCIA

DE

D. CARMELO DE ECHEGARAY

LEÍDA POR EL SEÑOR

D. Joaquín Pavía y Bermingham

EN EL

SALÓN DE ACTOS DEL INSTITUTO DE GUIPÚZCOA

EL DÍA 25 DE SEPTIEMBRE DE 1904
 
 

SAN SEBASTIÁN

Imprenta de la Provincia

1905
 
 
 
 

Folk-lore vascongado

IZTUETA

Excmo. Sr.:

Señoras:

Señores:

En una fiesta consagrada á la tradición del pueblo vasco, no puede menos de citarse con encomio y de recordarse con cariño el nombre simipático de Juan Ignacio de Iztueta. Pocos han hecho lo que él hizo por la conservación de los rasgos característicos y privativos de nuestra raza y gente. Siempre que de folk-lore vascongado se trate, la modesta figura de Iztueta aparece entre las de los folk-loristas que más ardorosamente, y con intuición más certera, trabajaron por que no se borrasen las notas salientes que constituían la fisonomía moral del pueblo euskaro. El saber popular de los vascongados tuvo en él paladín convencido é infatigable. Hombre rudo y sin letras, el corazón le enseñó muchas cosas que no pudo aprender en aula ninguna. Las iluminaciones del amor fueron para él camino de conocimiento. Sintió dentro de sí la inspiración secreta, el estremecimiento íntimo y misterioso que nace de los grandes entusiasmos; y el fuego de su alma pasó á sus escritos, y los animó, y los hizo elocuentes, dotándolos de virtud comunicativa y generosa que seduce á los lectores. Todas las excelencias del vascófilo zaldiviano surgieron del amor sin límites que profesó á su tierra. Cuanto con ella se relacionaba, tenía para Iztueta algo de sagrado, y debía ser mirado con respeto singular, y aún con reverencia. Contemplarlo con desamor, le hubiese parecido censurable; hacerlo objeto de befa y ridiculizarlo, digno de reprobación severísima. La honra y veneración que debemos á los padres se las debemos también, en sentir de aquel euskaldun inolvidable, á las costumbres que nuestros padres nos legaron y á las coss procedentes de tiempos remotos que vienen ungidas con el óleo de la tradición. Mientras otros paisanos suyos más leídos y de más pretensiones, se extasiaban ante las tendencias igualitarias del Código de Napoleón, y preconizaban las legislaciones niveladoreas, y se ufanaban de seguir las teorías d eJeremías Bentham, y mostraban la ignorancia más absoluta de las causas que determinan los particularismos jurídicos en los pueblos, y desdeñaban el estudio de las singularidades que en varios puntos de derecho civil muy importantes y trascendentales se observaban en Navarra y en Vizcaya, Juan Ignacio de Iztueta, levantándose sober las modas efímeras del tiempo, tuvo una especie de visión intuitiva, de instinto adivinatorio que le llevó á ver la trabazón íntima que existe entre todas las partes que determinan la fisonomía moral de una raza, y no creyó que pudiera despreciarse ninguno de los aspectos genuinos y privativos de la gente euskara, sin que cambiara al punto su manera de ser total, lo que pudiéramos llamar su constitución orgánica. El papel de Iztueta, no obstante la humilde esfera en que se deslizó su vida, fue el de un precursor, fue el de un vidente. Quizá por eso mismo no le dieron sus contemporáneos la importancia que tenía, y le miraron como un visionario, y cuando mucho, como un organizador de comparsas de baile, bueno para entretener á las gentes ociosas, ó como un enamorado de las cosas de su tierra, que las celebraba con exaltación de iluminado.

Ni la ocasión ni el momento son oportunos para trazar una biografía del apologista de nuestros bailes, pero he creído que, sin acometer esa labor, que algún día trate de realizar acaso, no cabía que en una fiesta como la que celebramos se tratase del folk-lore vascongado sin recordar con afecto y alabanza á quien tanto amó la tradición euskara, y tanto hizo por enaltecerla; á quien desentrañó la significación de muchas costumbres populares hoy desgracidamente perdidas, y dejó en sus libros muestras muy salientes de cómo el vascuence se acomoda y pliega á la expresión de las más diversas ideas, cuando el que lo maneja lo hace con el corazón y la mente enardecidos, y con un dominio cabal y completo del idioma, no aprendido en los libros, si no bebido en los mismos labios del pueblo, y embellecido luego y magnificado por la virtud mágica del arte. La prosa de Iztueta se distingue, no sólo por la fluidez y la soltura y la riqueza y propiedad del vocabulario, sino, más que por todo esto, por la animación y la vida. Se ve que aquello se ha escrito con calor de alma; se ve que por allí ha pasado la lumbre generosa del entusiasmo, iluminándolo todo, y haciendo que se olviden, ó cuando menos que se perdonen fácilmente los defectos: v. g. la adjetivación excesiva, la extremada amplificación de ciertas ideas, que de esta suerte aparecen diluídas y sin relieve, el tributo que á veces paga á la sintaxis castellana, especialmente en las oraciones de relativo, con mengua de la claridad del concepto y con violación flagrante de las leyes del idioma vasco, y hasta cierta languidez con que á ratos se adormece su estilo, cuando parece que debiera moverse rápido y nervioso.

Todos estos defectos, y aún otros, pueden y deben perdonarse á quien, sin estudios, sin instrucción, sin más caudal de doctrina que el que pudo adquirir en unos cuantos libros que leyó, y en la conversación con personas que estimaba como de luces superiores á las suyas, logró sobresalir entre los escritores vascongados más dignos de loa, y dejó más de un trozo que se podrá citar cuando quiera como verdadero model de buen decir. Por algo dijeron los antiguos que el amor es camino de conocimiento, y se ha dicho también que el amor engendra en todos los esfuerzos humanos una especie de segunda vista. Iztueta la tuvo para comprender la importancia altísima del vascuence en tiempos en que no era de buen tono ponderarla. Por eso lo cultivó con tanto empeño; por eso miró unida la suerte del pueblo vasco á la conservación de su lengua milenaria; por eso dijo con profundo sentido que si esta se perdía, desaparecerían sin remisión las particularidades que nos distinguían de las demás gentes. El tiempo ha venido á dar la razón al entusiasta guipuzcoano, y á poner de resalto el cambio de alma que acompaña siempre al cambio de idioma de los pueblos. Recientemente lo declaraba en los Juegos florales de Mallorca mi cordial amigo el admirable poeta don Miguel Costa y Llobera, con palabras que quiero repetir aquí, porque son muy hermosas y encierran la felicísima expresión de conceptos que debemos llevar grabados en el corazón cuantos nos preciamos de amantes de la tierra en que abrimos los ojos á la luz de la existencia. "¡Oh! –exclama el ilustre autor de La deixa del geni grech- se ha dicho que la lengua de un pueblo es el depósito sagrado de lo que el pueblo mismo ha pensado y sentido, el relicario de sus generaciones, el arca santa de su tradición y de sus promesas, el escudo nobiliario y protector de la raza. Pero yo digo más. La lengua es el Verbo, es la imagen viviente del pueblo que la habla; sí, es el verbo engendrado en lo más íntimo y secreto de lo que ahora se llama alma colectiva. Por eso es tan díficil mudar la lengua de una raza. El cambio social de lengua supone un cambio de alma social. De ahí que las razas ó regiones que sufren tal cambio, permanezca durante mucho tiempo como inanimadas para la producción literaria, especialmente para la poesía. Sólo llegan á reanimarse cuando al fin son absorbidas en la personalidad de otra raza cuyo idioma tomaron; pero así reanimadas, ya no son las mismas de antes, ya pierden su manera de ser." (1)

No otra cosa sintió Iztueta, si bien no acertó á expresarlo con la alteza y profundidad de conceptos y con la singular hermosura de estilo con que lo expresa el gran poeta mallorquín. Aunque no tuviese otra virtud que esa, había motivo bastante para que se consignase con elogio el nombre del vascófilo zaldiviano en los anales de su país, que no deben estar reservados única y exclusivamente á la glorificación de los nombres ruidosos y de las figuras que se destacaron en las cumbres de la sociedad, sino al enaltecimiento de todas las empresas nobles y generosas y de quienes las acometieron y realizaron. ¿Y qué empresa puede haber más merecedora de alabanza que la conservación y el mantenimiento de las virtudes y de la personalidad de un pueblo, ante la inundación de tendencias exóticas y de corrientes niveladoras que pretenden confundir á todas las razas y á todas las gentes en una monótona y desoladora uniformidad, en que todo sea igualmente prosáico y todo igualmente mezquino, en que los collados se abatan y las cañadas no se levanten, en que la cotemplación del desierto moral que se extiende en torno nuestro nos infunda una especie de melancolía deprimente y apague los estímulos y las energías de la voluntad? A nadie ha de exigirse nunca la abdicación de su personalidad para ser perfecto, si no el empleo adecuado y eficaz de las cualidades con que le dotó la Providencia Divina. En el discurso de don Miguel Costa y Llobera antes mencionado, se dice que así como renegar del propio carácter, alejarse del ser que á uno le es propio, trae por resultado la insignificacncia, el apocamiento, la extinción, así afirmar el carácter propio, expresar la vida que uno siente, deshacerse de toda impropiedad deformadora, es el principio de la hermosura y de la fuerza, como lo es de la verdad en la conducta. Sé tú mismo, ha dicho un pensador contemporáneo, condensando en esta sentencia toda su doctrina. Y comentándola el insigne poeta mallorquín cuyas palabras copio con tanto gusto, porque aciertan á expresar con sobriedad y belleza lo que yo sentía y no podía expresar por nodar con la interpretación adecuada de lo que bullía en mi mente, afirma que así como las criaturas, conforme son más altas, mejor manifiestan la semejanza divina, así también, cuanto más pefectas son, resultan más caracterizadas, más personales. Los que queremos el enaltecimeinto y la ventura de nuestro pueblo, no pretendamos nunca, para enaltecerle, privarle de su carácter, despojarle de su personalidad. Tanto valdría eso como procurar que no fuese él mismo, es decir, que no cumpliese la sentencia que hemos recordado hace poco, y que entraña un principio de superioridad y de perfección en todas las esferas de la vida.

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Hasta qué punto profesaba y practicaba Iztueta esta doctrina tan racional y tan recomendada, pero que en su tiempo no se atrevían á sostenerla los que se preciaban de atenerse á la marcha del mundo y seguir paso á paso el desenvolvimiento de la sociedad, se ve muy palpablemente en todas sus obras, y estoy por decir que más que en ninguna, en las que dedicó á la historia y descripción de las danzas del país vascongado y á la recopilación de la música popular que en ellas se interpretaba. No consideró nunca el vascófilo zaldiviano que aquellas danzas tradicionales que él bailaba con tanta perfección, fuesen cosa fácilmente despreciable. Las tenía como uno de los signos característicos de su raza y gente; hallaba en sus ceremonias significación particular y muy misteriosa, (2) y estimaba como de la mayor importancia su conservación para que se perpetuasen ciertas costumbres honestas, que consentían la alegría, pero no la inmodestia ni nada reído con el decoro en la plaza pública. El anónimo autor de los dos artículos que á raíz de la aparición de la obra de Iztueta acerca de las danzas y de los cantos populares del país vasco, vieron la luz en The Foreign Review, and Continental Miscellany, de Londres, atribuídos or alguien al extravagante y originalísimo Jorge Borrow, hacía notar la importancia de la labor acometida por el escritor guipuzcoano, cuando después de ponderar el entusiasmo y el fuego de su estilo,y de expresar cuán extraño resultaba ver á un hombre obscuro y sin letras, lanzarse á la empresa de restaurar las antiguas costumbres de su tierra, mediante la vulgarización de la historia de sus danzas y diversiones, recordaba que estos esparcimientos y regocijos públicos formaban parte integrante de todas las reuniones (meetings) y que cada solemnidad requería su baile peculiar y propio, que databa de tiempo inmemorial. De aquí deducía el articulista que estas diversiones se hallaban íntimamente relacionadas con las instituciones y costumbres populares, y la conservación de las unas se hallaba necesariamente combinada con la conservación de las otras. (3)

Este era también el sentir de Iztueta, y por eso se dedicó con tan singular empeño al mantenimiento de los bailes genuinamente vascongados, ó que por tales podían tenerse, porque venían de época muy remota arraigados en el país. Toda innovación le parecía vitanda, porque la tenía por corruptora de la tradición. Y su autoridad en esta parte era tanto más indiscutible cuanto que era él mismo conocedor práctico y reputado de las diversas especies de danzas que se estilaban en Guipúzcoa; y no contento con dar ejemplo de cómo debían bailarse todas y cada una de ellas, procuraba dejar escuela y adiestrar á los jóvenes que quisieran mantenerse en este punto fieles á la tradición de su raza. En tal labor le sorprendió la muerte, cuando ya septuagenario, se dedicaba, frente á su casa de Capaguindegui, en Zaldivia, el año de 1845 á preparar á los jóvenes que habían de bailar ante las Reales Personas, que se encontraban á la sazón en el balneario de Santa Agueda.

Veinte y un años antes, ós ea, en el de 1824 había publicado en San Sebastián su historia y descripción de las danzas de Guipúzcoa. (4) En este libro, escrito al calor del más simpático y generoso de los entusiasmos, ponderaba la necesidad de poner coto á la corrupción que comenzaba á invadir las plazas públicas, restaurando para ello las danzas graves y tradicionales del país vascongado. Dedicó el libro á la ciudad de San Sebastián, que poco tiempo antes, cuando todavía humeaban las ruinas del pavoroso incendio de 1813, y los focos de infección esparcidos por todas partes y la depresión moral que se había apoderado de sus abatidos y desgraciados moradores, produjeron una grave epidemia que venía á sumar nuevos y acerbos malesá los que desde años atrás venían lamentándose, dispuso que para levantar el ánimo de aquellas gentes, dominadas por la consternación y la tristeza desoladora, se organizasen comparsas que ejecutáran los bailes tradicionales de la tierra euskara. El remedio era ciertamente singular para la curación de una epidemia, pero no era la primera vez que se aplicaba; pues cuando á fines del siglo XVI una dolencia gravísima que, según los datos que han llegado hasta nosotros, debía de ser la peste bubónica, penetró en Lequeitio y diezmó á sus habitantes, el Ayuntamiento acordó que el tamboril procurase alegrar con sus sones el corazón apenado de los vecinos. (5)

Se conoce que en los tiempos en que escribió Iztueta se notaba en San Sebastián una tendencia muy arraigada á la perpetuación de la danzas características de la Euskal-erria. Cinco años antes, ó sea en el de 1819, un joven de la más calificada nobleza de la ciudad se le acercó, en nombre del Ayuntamiento, á suplicarle que se sirviera enseñar al tamborilero Latierro cuantos aires antiguos conociese, á fin de que, transcriptos al pentágrama, se guardasen con el mayor esmero en el archivo municipal. Y otra persona de las más visibles y respetables de la ciudad le rogó que adiestrase en el conocimiento y práctica de todos los bailes antiguos que se estilaban en Guipúzcoa, á los jóvenes asilados en la Santa Casa de Misericordia, que podrían de esta manera ser fieles mantenedores de las costumbres graves y honestas de sus mayores, y transmitirlas con el tiempo á los venideros. Transcendió la labor de Iztueta á la plaz apública, y se vio en la que se había bautizado con elnombre de Plaza Nueva, bailar con frecuencia el ezpata-dantza, el broquel-dantza y el villancico. (6)

No sé si estas indicaciones de caballeros distinguidos de San Sebastián servirían de acicate y de estímulo al vascófilo zaldiviano para la publicación de la obra que apareció pocos años más tarde, y que dividió en tres partes: en la primera de ellas trató de la historia de las dnzas y de la manera como los antiguos y rústicos tamborileros las interpretaban, con estricta sujeción á lo que tradicionalmente habían aprendido, sin afeites que desnaturalizasen su sencillez primitiva; en la segunda se lamentó del olvido en que yacían aquellas antiguas danzas, y de la corrupción (zatarqueria) que había venido á reemplazarlas; y en la tercera, y como remedio para corregir este mal, puntualizaba el modo como debían ejecutarse los antiguos bailes, y daba instrucciones minuciosas y detalladas para ello. En el plan primitivo del autor entraba una cuarta parte, que comprendía la publicación de la música de todas esas danzas, pero ésta quedó para una obra distinta, que salió dos años después, y que aún hoy es altamente apreciada por los musicógrafos y folk-loristas que la estiman como una de las colecciones más interesantes de música vascongada.

Decía Iztueta que las treinta y seis especies de bailes que él había conocido en los pueblos de Guipúzcoa, eran las siguientes:

Guizon dantza.

Gazte dantza.

Eche andre dantza.

Galayen escu-dantza.

Nescachen escu-dantza.

Edate-dantza.

Ezpata-dantza.

Pordon-dantza.

Jarrai-dantza

Azeri-dantza.

Bizcai-dantza.

Cuarentaco erreguela.

San Sebastián.

Galantac.

Chanchacac.

Eun ducatecoa.

Betronio chiquia.

Betronio aundia.

Azalandare.

Erreguela zarra.

Eunda bicoa.

Amorea Margaritacho.

Erribera.

Punta-motz.

Ondarrabia aundia.

Ondarrabia chiquia.

Naparcho.

Ormachulo.

Upelategi.

Chipiritona.

Erreberenzia.

Chacolin.

Mizpirotz.

Graziana.

Billanzicoa.

El abandono en que habían caído muchas de estas danzas, con ser tan bellas y haber gustado tanto en tiempos no lejanos, nacía, á juicio de Iztueta, de que desde pocos años antes habían empezado á desdeñarlas las personas que se tenían y eran reputadas por distinguidas, al revés de lo que ocurría con sus modales, cuando según él recordaba, los caballeros más respetables hacían gala de bailar á la perfección los bailes característicos de su tierra, y eran aplaudidos por tal concepto en la plaza pública don José María Lardizábal, don Joaquín Areizaga, Don Manuel Sarobe, don Pedro Manuel Urrestieta, don Lázaro Manterola, don Martín Garmendia, don Juan Bautista Ubillos, don Domingo Ubillos, don Juan Cruz Sempertegi, don Felipe Urreta, don José Ignacio Uncta y don Francisco Arteaga. El ejemplo de personas que gozaban de tal predicamento en la sociedad, y figuraban á la cabeza de los pueblos, incitaba á la imitación á los que ocupaban posiciones más modestas, y así se perpetuaban á través de los tiempos las costumbres y usos peculiares de la raza vasca. Enumera Iztueta las particularidades que con tal motivo se apreciaban en cada localidad, y recordaba que en la fiesta del Corpus Christi se bailaba cuatro veces el ezpatadantza en el recinto de los templos, á saber: antes de la Misa Mayor, al salir la procesión, poco antes de comenzar las vísperas, y luego que éstas hubiesen terminado.

Ya para los días en que trazó aquel entusiasta escritor las páginas de su libro, esas costumbres habían caído en desuso. Su abandono parece datar desde la época de la invasión de las huestes de la Convención francesa, pues en 1791 Jove Llanos (7) encontró en todo su vigor las danzas características de la gente vasca, é Iztueta, que escribía en 1824, insiste siempre en señalar unos treinta años de fecha á esta desviación de los regocijos públicos de Guipúzcoa. En los momentos en que compuso su obra no se conocía ni se bailaba el broquel-dantza más que San Sebastián y Andoain, ni el pordon-dantza fuera de Tolosa, ni el jorrai-dantza si no en Azpeitia. En los demás pueblos de la hermandad guipuzcoana no se acordaban de semejantes danzas más que cuando se esperaba la visita de Personas Reales: entonces, de una manera atropellada, trataban de organizar uno de estos bailes, como el espectáculo más á propósito que podían disponer en obsequio de tan Augustos Huéspedes. Mucho habían contribuído á este abandono de las antiguas danzas los espíritus murmurados que iban á la plaza con el exclusivo objeto de buscar la parte ridícula de todas las cosas, y zaherir y criticar á quienes bailaban. La índole generosa y entusiasta de Iztueta se subleva contra esta tendencia impropia de hombrs, matadora de no pocas empresas plausibles que mueren en flor, cuando no se sabía el fruto que de ellas podía obtenerse. Influyó también en esta apatía por los regocijos característicos de los vascongados, la sustitución de los antiguos tamborileros rústicos por otros que conocían la música, pero que se dejaban seducir por lo exótico, y desnaturalizaban los aires tradicionales de su tierra. Con ellos se hacía imposible bailar con propiedad.Como no conocían el alcatesoñua, ni el hamabost mirariena, ni otros muchos aires antiguos, la gente, que no los oía, los iba olvidando también, y se modificaban visiblemente las costumbres, hasta el punto de pue cuando los tamborileros de aquellos días se presentaban á tocar la alborada en cualquiera casa, no interpretarían música vascongada, sino que, según dice Iztueta, comenzarían por un minué y acabarían por un vals.

Como medio de corregir este mal, señaló el vascófilo zaldiviano cuáles eran las reglas á que debían ajustarse tamborileros y bailarines cuando ejecutasen las danzas peculiares de Guipúzcoa. Dictó instrucciones minuciosas á unos y otros, y expresó con mucha claridad y precisión las particularidades que debían guardarse en cada una de ellas. Esperaba que de esta suerte se restaurarían las antiguas costumbres que se iban perdiendo, y se mantendría vigorosa la manera de ser propia y genuina del pueblo vasco, cuyas diversiones públicas habían causado la admiración y provocado el aplauso de un espíritu tan egregio como el don Gaspar Melchor de Jove Llanos, que las ponderó en términos sumamente expresivos y entusiastas. Y citamos el nombre del gran polígrafo asturiano, porque Iztueta solía evocarlo con sincera veneración, y no perdía ocasión de alabarlo.

La importancia de los trabajos llevados á cabo por Iztueta en esta materia, salta desde luego á la vista. Quizás ninguno de nuestros autores, ninguno de cuantos han tratado del pueblo vasco, haya hecho tanto como él por el folk-lore de la Euskal-erria. Una sentencia popular dice que cada cual se divierte á su manera, y el autor de la Historia de las danzas de Guipúzcoa mostró decidido empeño de que los vascongados no buscasen diversiones que no encarnaban en la tradición de su raza. Creyó que esa manera de divertirse es aglo inherente á la personalidad, y trató, por todos los medios, de conservarla y perpetuarla, para que la individualidad del pueblo vasco no fuera esfumándose y desvaneciéndose, y perdiendo cada día una de las fases y de los aspectos que la integraban y constituían. No fue su labor obra de soñador y de iluso, sino obra de espíritu sagaz y adivinatorio, que penetraba en el alma misma de su raza. En tal concepto, puede decirse que se adelantó á los tiempos, y tuvo como una vaga intuición de la importancia que los venideros habían de conceder al estudio de las diversiones y de los regocijos privativos de cada pueblo, como uno de los medios que tienden á aclarar la influencia que han ejercido unas gentes sobre otras. Los trabajos de Iztueta no han envejecido, cuando tantas cosas de contemporáneos suyos, muy celebradas entonces, pasaron hace muchos años, y nadie que se precie de ir con los tiempos, puede tomarlas en serio. Alguna virtud encierra lo que conserva su juventud durante tan largos días, y no es prudente, ni es justo mirarlo con despectiva indiferencia. Cuando el docto escritor catalán don José Pella y Forgas, en su historia de la comarca ampurdanesa, llega á tratar de la sardana, que le sirve para señalar la comunidad de origen que existe entre sardos y ampurdaneses, comienza con estas palabras: es nuestro baile nacional: saludadlo. (8) Otro tanto se me ocurre á mi cuando evoco la figura simpática de Iztueta. Es la personificación de nuestros bailes tradicionales: no será mucho que le saludemos con efusión sincera, como á uno de los hombres que más intensamente amaron la tierra vasca, y más se afanaron por honrarla y enaltecerla.

Pero no hemos de contentarnos con ensalzar el nombre de Juan Ignacio de Iztueta, sino que debemos seguir la senda que él nos trazó, y reanudar en este punto el hilo de la tradición euskara. Las diversiones y regocijos característicos de nuestro pueblo constituyen una parte, y no la menos interesante, de su fisonomía moral, y revelan la robustez y energía de su temperamento. Siempre llamó la atención de los extraños la singular agilidad de nuestros paisanos, (9) y entre los franceses llegó á ser proverbial la frase de correr, saltar como un vasco. Muchas de las cualidades que más honran y favorecen á los euskaldunes, aparecen puestas muy de relieve en sus bailes tradicionales: allí se ve el respeto ejemplar con que la autoridad es acatada, la gravedad con que personas que ejercen cargos públicos salen á la plaza á bailar ante sus administardos, como si quisieran dar á entender la transcendencia que para el bienestar de un pueblo tiene el mantenimiento de los usos que le son peculiares y privativos; alí se nota la saludable armonía que, sin negar las jerarquías naturales, antes bien reconociéndolas y vigorizándolas, establece entre todas las clases sociales relaciones de estrecha cordialidad y vínculos de simpatía mutua. Zamácola, en su Historia de las Naciones vascas, recientemente reimpresa, recuerda que "entre los espartanos la dnaza no solo era una imagen de la guerra, sino también un estudio de la historia de sus mayores, según las circunstancias misteriosas con que descifraban los sucesos pasados." (10) Los bailes euskaros algo encierran también de virtualmente grande, cuando hombres como Jove Llanos ponderaban la manera con que en estos sencillos pasatiempos se concilian el orden y la decencia, con la libertad, el contento, la alegría y la gresca que los anima, y exclamaban que era de ver un pueblo entero, sin distinción de sexos, ni edades, correr y saltar alegremente en pos del tamboril, asidos todos de manos, y tan enteramente abandonados al esparcimiento y al placer, que fuera muy insensible quien los observase sin participar de su inocente alegría. (11) Hasta bajo el aspecto estético son muy dignas de elogio estas danzas de nuestra tierra. La agilidad y destreza de los movimientos que parecen desenvolverse sin esfuerzo ninguno, producen en el espectador la impresión más agradable y evocan el recuerdo de la gracia definida por Herbert Spencer. Un docto amigo mío, el ilustre vascófilo inglés Mr. Wentworth Webster me decía no hace mucho que vió en cierta ocasión en Tardets, en el corazón mismo de la Soule, en la región que los naturales conocen con el expresivo nombre de Basaburua, dos jóvenes que bailaban con tal arte, con tal primor y con tal elegancia, que traían á la mente la descripción de las danzas de amor de que se habla en el Simposio de Jenofonte, hasta el punto de que se hacía difícil creer que los jóvenes griegos sobrepujaran en gracia á aquellos dos vascos suletinos que tanto despertaban la admiración de quien los contemplaba. Era, como dice con frase feliz elmismo insigne escritor inglés, la poesía de la raza que se expesaba por medio de movimientos rítmicos, en vez de manifestarse por medio de palabras armoniosamente concertadas.

Aún los puros amadores de la belleza no podrán considerar impasibles la desaparición de espectáculos que suscitan reminiscencias tan helénicas, tan clásicas, en la más legítima acepción del vocablo. Pero para nosotros tienen una excelencia todavía mayor: es que son nuestros, es que son manifestaciones del alma de nuestro pueblo, y revelaciones de su manera de ser: es que arrancan de tiempos remotísimos, y vienen embellecidos con los prestigios de la tradición y con la majestad augusta de la historia. Como me decía el antes citado Mr. Webster, son de las cosas vivientes las más antiguas, y se remontan á una fecha desconocida que cae más allá de donde han llegado hasta el presente los esfuerzos de los investigadores. Los vascos son, á juicio del mismo crítico, los únicos que en la Europa occidental han consevado toda la serie cronológica de estas danzas, cuyo estudio encierra tan grande importancia para la antropología. La erudición moderna tiende á buscar semejanzas entre los bailes de los pueblos más apartados de la tierra y los orígenes primitivos del teatro greigo. Uno de los más notables profesores de Oxford, en un importante ensayo, recientemente publicado, pretendía que el drama de ciertos isleños del Pacífico es idéntico al drama que conocieron los griegos antes de Esquilo. Otro de los profesores de la misma Universidad habla de cierta danza del oso que se bailaba antes de que se inventara el drama griego que ha llegado á conocimiento de los modernos como uno de los portentos de literatura escénica más perfecta que pudo soñar jamás la imaginación de los hombres. Quizás esa danza del oso no fuese muy desemejante del hartz-dantza que se baila todavía en Tardets, en el antiguo vizcondado de la Soule, en donde aún se conservan muchas costumbres muy singulares y características, como las que se observan en las famosas mascaradas.

Para completar la obra de Iztueta y acrecentar los elementos con que conamos para el cabal estudio de nuestra raza y gente, se haría preciso recoger cuanto se mantiene todavía vivo de danzas vascongadas, así aquende como allende el Bidasoa, y procurar mantenerlo á toda costa para que no vayan borrándose paulatinamente los rasgos peculiares de nuestro pueblo, que tan acentuada y enérgica ha sabido conservar su personalidad á través de los siglos. Nobilísimos escritores extranjeros que no tuvieron con los vascos más relaciones que las que nacen del cariño engendrado por una larga convivencia, se lamentan de la impasibildad con que vemos la desaparición de muchos usos muy dignos de aención, y nos excitan á que defendamos con tesón los que aún nos quedan. No desoigamos su voz, sobre todo cuando viene refoerzada por los ecos que brotan de nuestra propia conciencia. Hagamos obra de restauración, y no obra de exterminio, ni tengamos por envidiable la triste fama que rodea el nombre de todos los Eróstatros y de todos los demoledores. Tengamos fe en las energías de la voluntad, y no seamos pusilánimes, ni nos crucemos estúpidamente de brazos ante la marea creciente que avanza uno y otro día. No es de pechos varoniles proclamar el imperio inexorable de la fatalidad, sino el de la voluntad libre y soberana que se agiganta ante las contrariedades, y puesta la mira en lo alto, las arrostra y vence. Las sentencias de muerte lanzadas por gentes frívolas y por espíritus pcoo observadores contra usos y costumbres que traen largos siglos de fecha, no son inapelables. Podemos revocarlas nosotros con nuestro solo esfuerzo, como pongamos decidido empeño en no dejar perder ninguno de los aspectos de nuestra personalidad étnica, de nuestra alma colectiva. Tenemos todavía mucho que conservar, aún en la parte puramente folk-lórica, aún en lo que se refiere á los bailes que podemos llamar exclusiva ó genuinamente nuestros. Tenemos danzas de animales, como al del zamalzain, en la mascarada suletina, como la del hartz-dantza, de Tardets, como la del azeri-dantza de Guipúzcoa; danzas de artes y profesiones, como la de los vendimiadores, la de los tejedores, la de los cultivadores de la tierra; danzas religiosas, como las descriptas por el Padre Larramendi en su preciosa Corografía de nuestra provincia; danzas guerreras, como el ezpata-dantza, el pordoi-dantza, y la conocida con el nombre de salto vasco; danzas de teatro, como las de satenes y turcos en las famosas Pastorales de los hijos de la Soule; danzas de ceremonia, como la pamperouque que se bailaba en Bayona ante los extranjeros, y el mismo solemne esku-dantza, hoy impropiamente llamado aurresku; danzas de los dos sexos, como las que se bailan al final de una fiesta, y danzas improvisadas para una ocasión cualquiera, á imitación de las que menciona Jenefonte en sus Memorias.

No es tan reducido, ni de tan poca importancia el caudal, para que no tratemos de conservarlo íntegro, y aún de acrecentarlo, si posible fuese. ¿Lo perderemos? Al patriotismo de todos y al amor que profesemos á las cosas de nuestra raza toca la respuesta. Pero si sabemos continuar la tradición de Iztueta; si sabemos poner mano en la empresa de restaurar cuantos elementos integran y constituyen la fisonomía moral de nuestro pueblo, podremos poner en boca de éste los inspirados y consoladores versos del vate labortano:

Ez naiz ihartu, ez ihartuko, segur dut bizia,

Ez badautet azpian zelhaitzen mendia.

He dicho.

Carmelo de Echegaray


1. Discurso presidencial leído en los Juegos florales de Palma de Mallorca el día 10 de Agosto de 1904.
2. Palabras del mismo Iztueta en carta á don Lorenzo de Alzate, escrita desde Hernani el 17 de Febrero de 1824.
3. The Foreign Review, and Continental Miscellany. London.... MDCCCXXVIII Iztueta. Ancient Guipuzcoan Dances. Vol II. Pág. 334-342 MDCCCXXXIXZ Vol. IV. Páginas 198-201.
4. Guipuzcoaco dantza gogangarrien condaira edo hisotira beren soñu zar eta itz neurtu edo versoaquin. Baita berac ongui dantzatzeco iracuste edo instruccioac ere.... Beraren eguillen Juan Ignacio de Iztueta, Guipuzcoaco erri leial Zaldivian jaioa....... Donostian, Ignacio Ramón Baroja-ren Moldizteguian 1824-garren urtean eguiña. Hay una nueva edición de este libro, hecha en Tolosa por don Eusebio López el año de 1895.
5. Lequeitio en 1857. Por D. Antonio Cavanilles. Madrid..... 1858. En este precioso libro se copia la siguiente curiosa partida de las cuentas de la villa: "Pagué á Domingo Licona, tamborín, por lo que sirvió con el dicho oficio de tamborín, todo el tiempo de la dicha enfermedad para que no la sintiesen tanto, ocho reales."
6. Tomamos estas noticias de la obra de Iztueta acerca de las antiguas danzas de Guipúzcoa.
7. Véase la nota número 20 á su famosa Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas, y sobre su origen en España.
8. Historia del Ampurdán. Estudio de la civilización en las comarcas del Noreste de Cataluña. Por D. José Pella y Forgas. Barcelona 1883. Tomo I. Capítulo III.
9. Acerca de este punto leemos en una obra francesa del siglo XVII: "Un enfant y sçait danser avant que de sçavoir appeller son papa ny sa nourrice. Lajoye y commence avec la vie, et n’y finit qu’avec la mort. Elle paroist en toutes leurs actions." Amitiez, amours, et amourettes, para Mr. Le Pays. Amsterdam. Abraham Wolgang, 1693, lettre II, p.5.
10. Historia de las Naciones Bascas de una y otra parte del Pirineo septentrional y costas del Mar Cantábrico, desde sus primeros pobladores hasta nuestros días.... Dividida en varias épocas, por D. Juan Antonio de Zamacola. Auch. 1818.
11. Jove Llanos, loc. cit.



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