2017ko maiatzak 27, larunbata
Atzo Atzokoa

Egilea(k) : Loyarte, Adrián de
Titulua(k) : Las veladas en los caseríos y en los pueblos y la trascendencia social en el País Basco : discurso leído en el salón de actos del Instituto de Guipúzcoa con motivo de la celebración de las Fiestas de la Tradición del Pueblo Vasco
Sailaren titulua : Fiestas de la Tradición del Pueblo Vasco
Argitaratzailea : Imprenta de la Provincia, San Sebastián
Argitalpen urtea : 1905
Deskribapena : 29 p. ; 26 cm
Egile(ar)en oharra : por Adrián de Loyarte
Gaia : Euskadi - Usos y costumbres
Sailkapena : 39(=916.9)
Copia : 30697 F. GORDEAK : C-237 F-7

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FIESTAS DE LA TRADICION DEL PUEBLO VASCO

DISCURSO
POR
D. ADRIÁN DE LOYARTE


LAS VELADAS EN LOS CASERÍOS Y EN LOS PUEBLOS
Y LA TRASCENDENCIA SOCIAL EN EL PAÍS BASCO

DISCURSO
LEÍDO EN EL
SALÓN DE ACTOS DEL INSTITUTO DE GUIPÚZCOA
CON MOTIVO DE LA CELEBRACIÓN DE LAS
“FIESTAS DE LA TRADICIÓN DEL PUEBLO VASCO”
POR
D. ADRIÁN DE LOYARTE


SAN SEBASTIÁN
Imprenta de la Provincia
1905


LAS VELADAS EN LOS CASERÍOS Y EN LOS PUEBLOS

Señoras: Señores:

Permitidme que antes de llegar al tema que voy á tener la alta honra de desarrollar, os dirija un ruego; ruego al que no dudo ha de acceder la inmensa benevolencia vuestra. Quisiera que me perdonarais, sino el atrevimiento ú osadía, por lo menos la molestia que os he ocasionado al congregaros bajo esta techumbre, para escuchar mi pobre y sencilla palabra; no espereis de ella esos primores de un estilo galano y elegante, ni períodos floridos á cuyo recitar el corazón llénase de una especie de indefinido gozo, ni conceptos desarrollados con la vasta erudición de un espíritu entregado en largas vigilias á constante investigación, ni menos todavía creais vislumbrar el menor chispazo de esas llamas fulgurosísimas que exhalan las potencias de los grandes ingenio ¡no!, nada de eso; fijad vuestra benévola atención en el amante de las bellas letras, en el cariñoso amigo de los libros, en el constante lector de las glorias vascas, que en su amor de fuego por la noble Euskal-Erría, quiere colocar su insignificante óbolo en esta hermosísima fiesta que celebra nuestra nunca bien ponderada Diputación de Guipúzcoa, titulada la fiesta de “La Tradición del Pueblo Vasco”, y aunque este discurso en sí no sea digno más que hasta si quereis del desprecio, no os fijeis en él, elevad vuestra mirada hacia el fin á que va enderezado, y no hay duda que con el amor que también profesais pro este noble país, juntareis vuestras manos para aplaudir sin rebozo ni ataduras.

* * *

Cuando las razas continúan en medio de las grandes acometidas y peligroso embates de las sacudidas sociales conservando su personalidad pura y sin adobos que la alteren, cuando á fuerza de ese continuo batallar, ora contra elementos disolventes de su vigoroso organismo, ora contra solapados enemigos que intentan desconcertarlas en su ordenada marcha, ora hasta contra apóstatas hijos suyos que olvidan ó reniegan de su origen con estupidez del bruto, sigue y sigue en su gloriosa carrera guardando sus tradiciones, conservando sus costumbres, mostrando su personalidad, trabajando sin cesar por el espíritu de su conservación ¡ah! Entonces esta raza, puede decirse sin el menor temor á que seamos desmentidos, que no ha degenerado, que su personalidad continúa tan íntegra como en sus más remotos tiempos, que la fisonomía moral de ese pueblo es hermosa, límpida como las aguas que se rompen en las cascadas, ó los ríos que deslizan en las regatas, ó las olas que se deshacen en las playas, y que al contemplarla podemos decir de ella: no has alterado, no has cambiado, eres pura, digna de las bendiciones y alabanzas eternas...! ¡Señores! ¿Podremos decir esto mismo de nuestra raza euskalduna?

Esperad á la terminación de este discurso, oid lo que es y lo que significa “La Velada en los caseríos y en los pueblos” y después de reflexionar un momento, preguntad á vuestras conciencias, escudriñad sus recónditos pliegues y entonces contestad.

* * *

Corrían los tiempos antiguos, ahogábanse las sociedades en aquel rio podrido del paganismo; los vicios más asquerosos y los placeres de todo género, los crímenes más horrendos desde el infanticidio hasta la lucha de gladiadores, desde el asesinato premeditado hasta el insulto y el desprecio de la mujer al hombre y viceversa, sin moral, sin costumbres sanas, sin hábitos dignos de imitación, coronado todo ello por la fatídica corona de la esclavitud, donde el hombre, considerado como el animal más abyecto se veía martirizado, apaleado y víctima de las expresiones más horrendas que jamás ha escuchado sociedad alguna, ¡oh! Era de todo punto imposible que la generación de aquellos tiempos pudiera sostenerse sobre el carcomido edificio del paganismo; y aunque sus corifeos á manera de siniestros relámpagos ó de fuegos fátuos escapaban de uno á otro lado, sin dirección, sin movimiento fijo, tenidos por los suyos cual sublimes héroes ó dioses infalibles predicando á manera de oráculos sus filosofías exentas de sanción religiosa, de ningún modo podía durar largo tiempo sin que viniera una catástrofe final ó un derrumbamiento de aquel edificio social. Gastóse la idolatría á fuerza de aquel desmedido uso que de ella hicieron las pasiones, y aunque realizó esfuerzos sobrehumanos para sostenerse por más tiempo, y quiso haber dado cierta esperanza á aquellas desventuradas sociedades, nunca hubiera logrado sostenerlas ni tan siquiera avivarlas con el fuego ardoroso de un entusiasmo heróico; se apeló más tarde á la “Ciencia” á esa ciencia, señores, por la que tanto se clama hoy; pero ¿cómo iba á remediar los males que una religión se había considerado impotente? ¿Cómo había de equilibrar aquella sociedad, si aun sus mismos fundadores la habían abandonado? ¿Si los filósofos y literatos, si los oradores y los hombres públicos, y acon sus sentencias, ya con sus escritos, ya con tantas otras manifestaciones públicas creyeron remediar en parte los vicios incontables que de todas partes surgían á manera de plagas mortíferas, sin que consiguieran más que abrazarse aun ellos mismos, con cínico atrevimiento? Pero ¡ah, señores! Ante la catástrofe horrible que se preveía, ante aquel montón inmenso de podredumbre, miseria, hediondez y sensualismo, ante aquel cuadro de tristeza eterna no podía menos de vislumbrarse una esperanza, un horizonte risueño, algo que destruyendo cuanto existía levantara sobre sus frías cenizas el monumento de la paz y del amor. Aquella religión de sensualismo había de ser sustituida por una religión de amor, aquellas concupiscencias por actos de sulimidad, los crímenes encarnizados por palabras de perdón y piedad, la esclavitud por un evangelio que sancionara el amor al prójimo, la licencia y el libertinaje por la constitución de una familia que había de dar ciudadanos útiles á la patria; la degradación y del adulterio por el enaltecimiento de la mujer y las corrupciones todas con sus crímenes, sus crueldades, sus blasfemias, sus sangrientos bacanales, sus horribles festines, sus tormentos, sus destierros inenarrables, en fin, sus actos todos, por una máxima la más sublime, la más elocuente, la más grandiosa é incomparable entre todas las demás; el Evangelio. Sí, señores, vino el cristianismo, esa luz de indefinibles luminares que abarca todo los horizontes y circunda todas las frentes llenándolas de aromas como de incienso, esa esperanza que nos guía con tranquilidad hacia las frías losas de la sepultura para volar más tarde á las teogónicas regiones, esa religión de origen divino cuya eficacia en todas las manifestaciones de nuestra vida se hace palmaria desde los primeros balbuceos, con los que despertamos en nuestras cunas, hasta el postrer aliento que rendimos al expirar, desde los ardientes amores de nuestra juventud hasta los plácidos consejos de la ancianidad; desde los sencillos diálogos que se interrumpen en el hogar hasta los períodos más elocuentes desarrolaldos bajo augustas bóvedas; tabla de salvación de la humanidad, consuelo inefable en los infortunios de nuestra trabajosa vida, estrella que sirve de guía á los navegantes que surcan los mares del uno al otro polo, primer recuerdo que evocamos al rayar el día, poesía sublime cntada en nuestra niñez por el amor incomparable de las madres; única religión augusta, salvadora, libre, que por mucho que sus enemigos quieran sujetarla para envolverla en cadenas de hierro, y sus tiranos con oprobios y calumnias, jamás, jamás conseguirán mostrar al mundo una filosofía más elevada, una verdad tan grandiosa, tan solemne, tan salvadora, que después de elevar al hombre á un nivel infinitamente superior al que se encontraba antes de su aparición, y dignificar á la mujer enalteciendo sus virtudes, y acabar con tanto oprobio, tanta hediondez, tanto sarcasmo, y empapar con su vida tanta sangre que se derramba en los espectáculos paganos, y dar á cada nación su derecho, y á cada inteligencia su elevación, y fijar sus pricipios sobre incomovibles bases, y llevar señores por último á todas partes y en todas direcciones, la paz, la dulzura y el amor, establezca costumbres, armonice las sociedades y familiarice á las gentes con lazos tan afectuosos, tan dulces, tan armoniosos, tan divinos como los del cristianismo. Mucho luchó; sus mártires se multiplicaron, sus apóstoles predicaban con lenguas de fuego, sus prosélitos sucumbieron en gran número, las persecuciones aumentaban cuanto más predicaban sus ardientes confesores, y hasta tal punto llegó la saña de sus enemigos, que como dice un moderno escrito (1) en reciente obra sobre “Los orígenes de la civilización moderna” era triste y lúgubre el porvenir de la civilización cristiana en el momento en que se cerraba el siglo V.

A pesar de todo ello, camina en su triunfal carrera, no sin embargo exenta de los arietes del papel de la reforma de Lutero, y de los sofismas de los enciclopedistas, y de tantos enemigos que aún hoy, con más fuerza que nunca intentan destruirlo y arrancarlo de las sociedades, pero siendo el cristianismo el faro, el horizonte, la luz única de la verdadera sabiduría y completa felicidad; la filosofía que asienta firmemente la autoridad y la que suaviza las costumbres; siendo su origen divino y, por lo tanto, infinitamente superior á todas las religiones que existían y habían de existir, era imposible de todo punto que la religión de Jesucristo sucumbiera aun en la lucha continua y gigante de tantos siglos, á los pies de las sectas y religiones saturadas de un ambiente de patrañas bufas y escandalosas.

He aquí, pues, que al cabo de veinte siglos de lucha incesante, el triunfo maravilloso de la Religión Católica surje por todos los ámbitos de la tierra, en todas las manifestaciones del espíritu cristiano, hasta el punto que filósofos cemo Rosseau declararan terminantemente (2) “que la religión católica ha descartado el fanatismo, suavizando más las costumbres cristianas”. Entre tantas hermosas instituciones del cristianismo, ocupa sin disputa un lugar preferente la familia; la familia constituída como veremos en la segunda parte de este discurso, y esa família, con sus costumbres suaves y perfumadas con los aromas embriagadores del catolicismo, con sus cuadros llenos de unción y moral cristianas, con sus palmas y bendiciones, con sus rísas esmaltadas por los colores de la felicidad, con sus coros de cánticos, sublimes como el desierto y sencillos como la inocencia; lo veréis en este idolatrado pais de Euskal-Erría, entre estas montañas cuyos picos se pierden en los aires y estos ríos cuyas corrientes no se pierden jamás; entre estas laderas á cuyos piés descansa el baserri, y estas continuas ondas del Cantábrico sobre las cuales lucha siempre el arrantzale; entre los blancos y sencillos caseríos y el palacio solariego del vasco tradicional y noble, entre el vasco que trafica en sus empresas aventureras y el ciudadano tranquilo que busca la comodidad en las animadas y elegantes calles de nuestras cultas capitales. Pero donde la familia adquiere todos sus encantos, con una fisonomía abrillantada con luz esmeralda, con los rayos purísimos de un sol de Mediodía, con las bendiciones de Dios y de los hombres, es señores en el caserío, en esa rústica vivienda, alcázar de virtud y tranquilidad. Y si escudriñáis todavía una vez más los momentos más solemnes y hermosos donde la familia adquire toda su pristina pureza, contemplaréis las veladas que en ellos se celebran, y tanto en el caserío y en el pueblo, la velada que se celebra ó se improvisa en las noches largas del invierno, es el retrato fiel de lo que es y lo que significa la familia según el cristianismo.

Las veladas en los caseríos y en los pueblos, como vereis más tarde, no constituyen, pues, un cuadro puramente de fantasía, sino que la práctica y ejercicio de estas tertulias rústicas, son de efectos transcendetalísimos para el régimen, gobierno y estabilidad del país euskaldun; de gran sostén para la unión y armonía de los individuos de la familia.

* * *

Escuchad; son los últimos momentos del día; van acabándose sus fuerzas arrancadas por el oscurecer que más tarde ha de convertirse en densas tinieblas; el horizonte orlado con largas y rojas fajas forma un cambiante caprichoso con las nubes de azul oscuro; huyen los pájaros á sus escondrijos con un volar tímido y fugaz, muje el ganado, el perro da ladridos que hacen eco en la soledad, acaso las montañas estén cubiertas de blanquísima nieve, óyese también el ruído incesante de las olas que cariñosamente lamen las bases de las montañas, las frescas praderas, los sombríos castañales, los susurrantes riachuelos y las vehementes cascadas dan una entonación riente al paisaje euskaro; en la montaña óyese de cuando en cuando el aida que el gizon dirije á la yunta que trabaja en la heredad, todo allí es sujestivo, todo acusa el aspecto de un país extraño, de una raza admirada, de unas costumbres que recuerdan pasajes de independencia, cuadros de seculares costumbres y de fueros ¡señores!, de fueros que se han pisoteado...!! Allá lejos óyese el tañido de las campanas de la iglesia, difundiendo por los aires las poeticas notas del Angelus; notas cuyos sonidos hacen paralizar las trabajosas tareas del campo.

En aquel momento los habitantes del caserío colocados en pié, teniendo en sus manos las más de las veces herramientas propias del campo, rezan una plegaria, plegaria que cual nube de incienso asciende hacia regiones incomunicables. Todos ellos después de este acto se dirigen al caserío; únicamente el padre de familia, el gizon del caserío, el nagusiya permanece unos momentos acompañado del perro guardián, cariños é inseparable acompañante; parece que en aquellos momentos de tanta soledad, el gizon dirige un voto de gracias al Creador, su último acto de agradecimiento, su más respetuosa mirada, su postrer adios del día, consolado por la vista del fructífero campo.

Después se dirige al caserío para conversar con su familia y prepararse á esa velada sin literatura, sin adobos ni afeites, sin ruido y sin fantasía, sin nada mundanal ni artificioso. Allá entra, sí, en el caserío, en esa vivienda envidiada tantas veces y otras tantas admirada; tú eres símbolo de la fraternidad euskalduna, tu caserío el único que te mantienes como baluarte firme ante los encarnizados combates conjurados en todas las épocas y en todos los momentos de la presente generación por gentes que intentan pasar como amigos y guardianes, cuando son y serán siempre los traidores á tu causa y tu virginidad; tú constituyes la base del verdadero euskaro modelo de honradez y laboriosidad, y observante fiel de los preceptos de la ley Divina; tú pregonas siempre que hablas las excelencias de la lengua del Aitor; la apacible tranquilidad de sus hijos y la consideración que te guardan los propios y extraños, tú, por último, feliz y siempre querido caserío, eres manantial de donde fluyen, ciudadanos patriotas, honra de una raza vigorosa, costumbres que son retrato fiel de alma que conservas en tus entrañas, vástagos descendientes de la raza que se ha conservado al través de los siglos con todos los caracteres de las primitivas generaciones, habitantes que conservan respetuoso entusiasmo á sus creencias, á su nacionalidad, á su familia, á su prójimo y á su peculiar manera de ser.

Bajo una techumbre de pobrísimo aspecto, arde un fuego lento atizado de vez en cuando por el combustible que acumulan los habitantes de la modesta vivienda, la incierta luz del crishalluba ilumina con debilísima claridad los ámbitos de aquella mansión; á uno de los lados presénciase el alto reloj de tosca y pintada caja cuyo tic-tac de la péndola parece querer acompañar en la sencilla vida de los labriegos euskaldunas; pendiendo de una de las paredes hay un cuadro religioso de muy remoto orígen; más lejos y como si quisiera aparecer la última figura interesante de aquella mansión se nota una cuna, balanceada á ratos por los pies de una anciana de arrugado rostro ceñido por típico pañuelo, á ratos tenida por sus encrispados dedos que apoyados sobre uno de los lados de aquel reposo infnatil, entona el mismo tiempo el arrullador lo-lo, juntamente con sentimentales trozos de aires vascos; es la abuela la entrañable abuela de los caseríos, donde es tan querida y venerada. Sus nietos y demás habitantes del caserío se ocupan en preparar la mesa mientras la echekoandre da vueltas y más vueltas á los talubak que con sumo cuidado los prepara. Señores! Yo he recorrido la montaña guipuzcoana del uno al otro lado queriendo buscar uno de estos sublimes espectáculos, en los que me extasío en largas y provechosas meditaciones observando almismo tiempo el carácter privilegiado de nuestros hermanos; yo he expansionado mi espíritu no sólo haciendo hablar á mi corazón que parece quería desentrañarse para encontrar otras auras donde estallar con mayor ímpetu y libertad, sino alentando á mi entendimiento donde brotaban con plétora de vida, ideas que pedían espacio para respirar, ancho campo donde explanarse y ambiente donde pudieran posesionarse para algo noble é ideal; yo me he sentado en esos zizelus venerados de roble y acompañados por la melódica orquesta del canto de la naturaleza, he sostenido diálogos empeñadísimos donde no sabía qué admirar más, si la sabiduría rústica innata de aquellos ancianos ejemplares con quienes hablaba ó la nobleza y sencillez de sus intencioines; yo por último jamás he admirado más á mi raza que cuando en medio de una cerradísima noche de invierno he contemplado congregarse alrededor de una mesa á toda una familia vasca, acompañada de los criados sin distinción alguna, y reinando entre ellos el mutuo respeto, la sincera alegría y la completa jovialidad que reina en las veladas de los caseríos.

* * *

Presta está ya la tosca mesa que sostiene el sencillo servicio de aquel hogar; todos á su rededor están en pie y con las cabezas descubiertas; unas veces la abuelita que abandona un momento la cuna del niño, otras la echekoandrea comienzan á rezar la hermosa oración del Rosario; híncase de rodillas al poco rato y con un severísimo respeto, cual si se tratara de una comunidad de monjes, van rezando toda la devoción hasta concluir con las poéticas letanías de la Ama-Birjiña. Siéntanse en las toscas sillas cuyos asientos, no muy cómodos, más bien repelen á toda persona, aun de regular complexión fisiológica. Acomódase en una de ellas el nagusiya, al que le siguen sus hijos, comenzando por el de mayor edad. La abuela al lado de su cuna y la echekoandrea dando los últimos toques á la frugal cena, tardan algunos minutos en presentarse junto aquella comunidad doméstica. Esta última, con verdadero afán de madre de familia, sirve los platos descansando á ratos al lado de sus hijos. Durante la cena, y sin duda como respeto sincero que veneran á la reunión de la familia en la mesa, apenas conversan más que cortísimos diálogos sostenidos principalmente entre los esposos y la abuelita. Pronto se finaliza aquella silenciosa ceremonia, durante la cual vése chisporrotear despidiendo las chispas por aquella inmensa campana, el fuego imprescindible que siempre arde en las cocinas de nuestros caserios; un silencio purísimo reina en los alrededores, nada se escucha más que un ruido ligero y monótono; el mujido de los bueyes que descansan sobre hierba fresca en el pesebre se confunde con el chirrido que produce el balancear de la cuna; el vientecillo que divertidamente mueve las hojas de los árboles del bosque cercano no deja escuchar el tranquilo deslizar del río, y cuando en medio de aquella impertérrita soledad, sin cuidado alguno, exento de la atmósfera caldeada de las luchas políticas y de partido, libre de preocupaciones que ligan y enmarañan aun al espíritu más individualista; abstraído totalmente de los acontecimiento mundanos con todas sus vanidades y todas sus locuras, embebido en aquel lugar donde la virtud, la sencillez, el amor y el carácter expansivo representan su más saliente personalidad; rotas las cadenas que en la ciudad á todas horas aprisionan y contemplando la sencilla hermosura de aquel lugar, veo y oigo al ancinao del hogar manotear y hablar con majestuosidad interesante dejándose escuchar por su esposa y sus hijos que le admiran cual á infalible oráculo; yo digo, señores, ¡una y mil veces eres bendito caserío, sencillísimo, pero sapientísimo caserío! ¡Cuántas maravillas no encierras en tu seno!

Al terminar la cena, la primera operación que hace el nagusiya es sacar de uno de sus bolsillos una pipa de blanco barro en la que introduciendo el tabaco á manera de un firme paquete, comienza á fumar. La velada del caserío comienza á adquirir su primera tonalidad. Los hijos no hablan más que para rogar á su padre les dirija algunos contubak. Inútil me parece advertir que ni antes, ni después de la velada, una vez concluidos los trabajos de la heredad, nadie de la familia intenta salir á la taberna, ni á otra cualquiera diversión; hoy por desgracia son contados los caseros que desconocen la taberna. Sin haber presenciado una velada en el caserío nadie puede formarse una idea de la intuición increible que posee nuestro casero; sin conocer á veces aun las más rudimentarias doctrinas, explana teorías, sostiene ideas que á veces sirven de norma á personas cultas é ilustradas. En las veladas es donde ejor que en ningún lado se observa esto último; allí el casero habla á sus hijos de las transformaciones que han sufrido las familias, de las formas que han de valerse para que sus ganados y rebaños y heredades todas continúen en el estado que legaron sus mayores, procurando si posible les fuera el aumneto, pero sin que la ambición les induzca ni el espíritu mercantil les lleve á cometer actos no honrosos; del respeto profundo que deben tener á nuestra santa religión y sus ministros; al apaiza-jauna; la asistencia asídua á todas las ceremonias y manifestaciones del culto católico, siempre que las tareas del campo les permitieran; el amor á sus semejantes y un deseo constante de querer servir y ayudar en los momentos más aciagos de la vida, como fallecimientos, reveses de fortuna, enfermedades largas y penosas, etc., etc., los hechos, hazañas é historia minuciosa de sus antepasados suelen ser narrados en las veladas de los caseríos con gran entusiasmo y lujo de detalles, cual si hubieran sido testigos oculares de aquellas escenas. De ahí que el anciano narrador de tales pasajes históricos al finalizar los periodos y embebido en su natural entusiasmo proclame con cierta exclamación majestuosa á la vez que irónica para las modernas épocas: ¡ah! ¡nuestros tiempos eran verdaderamente heróicos y de hombres de valer; ¡qué tiempos aquellos hijos míos! El casero entonces era tal cosa, el casero era tal otra, el casero vivía de tal manera, las tierras producían más, los hombres eran mejores... pero hoy?... hoy parece mentira, yo no sé donde están los jóvenes... ¡qué jóvenes! si hoy no hay juventud; los viejos de ahora todavía tenemos más entusiasmo y más iniciativa para todo, que la generación presente, etc.

En esta forma transcurren muchos momentos de la velada en los que nunca faltan las alegres risotadas, tanto de los jóvenes como de la misma madre de familia, que á pesar de que escucha con gravedad silenciosa los consejos de su esposo, no deja por eso de compartir los períodos alegres de sus hijos. La abuelita, que permanece en absoluta tranquilidad, sin separarse de su adorado nietecillo que descansa co sueño de ángel; aquella abueltia con su arrugado y enjuto rostro, su afilada nariz, su encogido cuerpo, sus ojos algo turbios é incoloros, su pañuelo ceñido á la cabeza, en cuya extremidad y como abandonados sobre la frente surcada de rayas horizontales, se nota el color gris obscuro de su abandonado cabello; con aquella postura tan humilde y sin comodidad alguna, entrecorta á ratos la conversación del baserri; sus pequeñas pláticas también se condensan en sabias máximas y doctrinas de sana moral: ella recomienda muy especialmente la paz que debe reinar siempre en las familias de los caseríos; ¡ay! vivid, vivid en paz, que nada os turbe la tranquilidad de esta felicísima mansión, y mucho menos los odios ni rencillas que tanto dividen las familias; que no os seduzca jamás de vuestra vida el dinero que más ó menos podáis tener; ¡pakea! ¡pakea! vivid en paz siempre, no olvidéis las prácticas religiosas, sed fieles cumplidores de la ley de Dios, amad el trabajo, amad mucho esta tranquilidad que observáis en el hogar; yo os digo que nada igual encontraréis en el mundo, y menos, que supere á la felicidad de la familia, á la santificación del hogar. Cita ejemplos y pinta cuadros de la vida con una maravillosa faciliad; en estas ancianas de los caseríos se nota, no solo en las veladas, sino en otras conversaciones con amigas de caseríos cercanos, una memoria prodigiosísima que les hace retener pasajes de la vida de medio siglo y de más á veces. Los ejemplos, pues, relacionados con las circunstancias del día contadas con toda minuciosidad y seguidos de un consejo que recomienda á sus nietos es el principal tema que desarrolla en la velada. Ella cuenta anécdotas interesantísimas, detalla la posición y forma en que se encuentran muchas familias cuyos hijos no siguieron las atinadas observaciones de sus mayores, y al contrario, la relativa comodidad y alegría en que se encuentran las que supieron guardar el respeto á la tradición y continuaron por el camino trazado por el jefe de la familia como el ahorro, la modestia en sus costumbres, etc., etc.; ella hace recordar las luchas que el pueblo euskaldun ha sostenido, y no deja de hacer una calurosa apología del régimen Foral é independiente del pueblo vasco, al que ama y enaltece con increíble fuerza y entusiasmo; es de oir á muchas ancianas de nuestros caseríos hablar en el lenguaje del Aitor; nada hay que subyugue más á un entendimiento perspicaz ó á un espíritu observador; más de una vez he tenido ocasión de contemplar en medio de un vértigo deliciosísimo, como quien siente algo de sublime y grandioso, á esas venerables ancianas irguiéndose en su asiento, muchas con el Rosario ó Crucifijo en la mano, con el rostro alterado, sus miradas penetrantísimas, con ademanes movidísimos y con un aire de verdadero entusiasmo gritar: ¡Fueroak! ¡Fueroak! Euskaldunak beti Fueroak.

La abuelita del caserío es la que generalmente finaliza las veladas, no sin que entre ella, sus nietas y hasta el nagusiya se entablen discusiones amigables, en las que abundan agudezas sutilísimas de buen decir. En la época otoñal, cuando las lluvias hacen que las carreteras aparezcan estriadas por las llantas de las carreteras y los barrizales aparecen consistentes, resbaladizos y grises, cuando los días del sol surjen, débiles, amarillentos y meditabundos sin que sus anocheceres estén armonizados ni por el chirrido de los grillos, ni por el estridente canto de las cigarras, ni menos por el gorjeo de tantos pajarillos que se albergan en las enramadas; cuando el cuarreo de las ranas es interrumpido por el ventarron que despide á los aires las tostadas hojarascas de los árboles, zumbiendo mil revoloteos por los aires, y dando un tinte melancólico al paisaje vasco; cuando las noches no aparecen con unfirmamento tan luminoso, ni las sinfonías de la naturaleza cantan con tan dorada serenidad, ni las ondulaciones de los trigales embalsamanla temperatura con el hálito fresco y renovador de la primavera; ni los esmeraldinos culebreos de los ríos, ni las aparatosas caídas de las vertientes, aparezcan sobre sus guijas tan límpidas y tan aterciopeladas; cuando los cánticos euskaros entonados por el gizon que vuelve en retorno de la ciudad, parece que no se difunden con la enternecedora seducción que se siente en épocas de reflejos y luces llenísimas; entonces es cuando se prepara la primera etapa de las veladas más risueñas y alegres.

Recogidos los maizales los guardan en el caserío hata que entrados ya en invierno aprovechan el momento de desgranarlos para reunirse en alegre comunidad y estrechar una vez más los vínculos del hogar y de la familia. La velada en la época que desgranan el maiz adquiere un tinte más juvenil y hasta si quereis más de mundo. Reúnense en rededor del fuego todos los individuos de la la familia, los jóvenes ocupan lugar preferente y apoyados sobre las layas desgranan el mazi. Hay momentos en que incitados por el nagusiya y hasta por un lícito amor propio desgranan y desgranan sin parar, por ver quien de los hermanos es más hábil y desgrana más en menos tiempo, mayormente si el padre ó la madre tienen alguna preferencia por cualquiera de los hermanos. Antiguamente se reunían en un caserío los vecinos más inmediatos y una charla continuada por amenísimos chistes y pasatiempos duraba hasta horas algo avanzadas de la noche. Así como en el primer género de velada que os acabo de describir, parece que no campean más que los consejos y las conversaciones serias impregnadas de cierto espíritu patriarcal, en este último la jovialidad que reina es juvenil, las conversaciones de distinto género. Los casamientos, las bodas, los amores que mantienen alguna de las parejas allí presentes, son los temas que más predominan. Los unos acusan á las otras de que su enlace está próximo á verificarse, les señalan las personas con sus nombres, los momentos en que les han presenciado alegres en la plaza con el tamboril, ó en el baile con el aurresku, ú otros mil detalles que á su vez son aprovechados por sus acusados para suponer otras bódas, ya porque conocen los detalles de sus vidas ó ya porque les señalan ciertos pasajes de una fiesta ó romería en que les vieron danzar al son del chistu del brazo de algun mutill. Mientras los jóvenes se tirotean con semejantes balines del buen decir y del agradable recitar, las carcajadas de los viejos interrumpen aquellos ratos de honesta diversión, en tanto que los más trabajadores congregan en forma de montículo respetable cantidad de maíz. Y ¡con qué espíritu de amor y fraternidad se suceden las horas y los moentos! ¡cuantas meditaciones no sugieren aquellas conversaciones saturadas de caridad cristiana y de espíritu verdaderamente evangélico. Al fin de este género de veladas, al vovler á sus respectivas viviendas los baserritarras vecinos que acudían á las tertulias ó veladas, muchas de las noches eran perseguidos por individuos bromosos que ora se presentaban á lo lejos con luces cual fuegos fátuos, ora surgían de algún matorral llenando de pavor y miedo á los circunstantes, ora lanzaban horribles griterías al paso que disparaban lucecillas á los aires, hacíendo correr á los tertulianos á sus respectivos caseríos, donde con un temor y gravísimo silencio contaban á sus familias cuanto les había ocurrido. De ahí que uno de los fundamentos en que se basaban nuesros antepasdos para imaginarse las brujas ¡sorgiñak! Ó las brujerías (sorginkeriyak) era indudablemente el que acabo de citar. Había noches en que los tertulianos salían á los caseríos donde iba á celebrarse la velada, armados de palos y armas de caza, siendo acompañadas las mujeres por varios hombres ó jóvenes caseros.

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Y si después de estas tertulias llenas de alegría y tranquilidad os trasladais en espíritu á las veladas que se celebran en los pueblos ¡oh señores! cuán distinto es el teatro de uno y otro y cuán variadas las decoraciones. En unas se escucha el lento deslizar del paisaje, en las otras el ruido ensordecedor de las olas que baten la playa, en aquellas la familia se condensa en un destartalado rincón por sus formas, pero lujoso por sus actos; en esta principalmente en la costa, la mujer aguarda á su compañero de la vida para completar el cuadro si ha de ser feliz; la una parece que canta con el pandereteo y habla con la inspiración, la otra despide lágrimas de esperanza, consuelos que han de venir, plegarias acompañadas por el silencio, y lloriqueos y lagrimitas que encuentran tardíamente el calor, la vida, el cariño, la ilusión del padre de familia; pero no obstante en las dos veladas palpita la serenidad, la resignación del espíritu cristiano.

En el regazo amoroso de la madre los bucles amarillos del niño rubio que juguetea exento de tristeza se enredan y confunden con el modestísimo vestido de su madre; no es el fuego lento, débil, el suficiente para condimentar algo que refrigere el organismo cansado del sostén único de aquel hogar; pedazos de redes mezcladas con manojos de cuerdas y aparejos, todos en confusión aparecen en un estante pintado de gris sobre el que se sostiene una errada de agua; á ratos se interrumpe el silencio de l amansión del arrantzale con el lloriqueo de algún hijo descontento, otras veces la melancolía de aquella madre que escucha el ronco bramido del mar, que mira por una abertura de la ventanilla si la embarcación de su marido se divisa, que cuenta los minutos y con los minutos va pasando las cuentas de su rosario y con el rosario la esperanza del bienestar el aleteo de la tranquilidad y el recuerdo de la “Estrella del mar”; que su impaciencia quiere oir á veces el golpeo del arrantzale al llegar á la puerta de su casa, ó el rechinar de los estrobos al deslizar la embarcación, ó los gritos de sus amigos que llegan, que desembarcan, que cantan y que acaso acaso vuelvan tras de recias faenas y peligros mil llenos de tristezas, faltos de una cesta de alimento y casi consumidos por el incesante remar y trabajar.

Así comienzan en general, señores, las veladas en los pueblos de la costa; raras veces se entonan cánticos; es una sobriedad absoluta la que reina en la mansión del pescador; el canto es únicamente mudo, pregón elocuente de la pobreza del pescador; el canto es únicamente mudo, pregón elocuente de la pobreza del pescador; nada se mueve hasta que llegue el arrantzale. Oyense como unos golpes rudos y lejanos en las escaleras de la habitación; las pesadas botas de ennegrecido y recio cuero descansan con fuerza atlética sobre los peldaños de los escalones y con pausado andar sube hasta su habitación; dos golpes, ni uno más ni uno menos, pega en la puerta; al momento está abierta, y caso raro, apenas el ruído de las voces se escucha en la vecindad; la esposa le recibirá con semblante severo á la vez que sus coloradas mejillas acusarán un tinte risueño y tranquilo; bajo el brazo conduce la cesta cubierta de encerada lona, que la deja en el cuarto ó en la cocina, y acto seguido toma asiento en una tosca silla á cuyo rededor discurren con miradas interesantes sus hijos, que impacientes le aguardaban. Cuando las familias son numerosas y hay en ellas hijos de alguna edad, éstos llegan con su padre de las faenas del mar. El frugal alimento que ha de entretener aquellos organismos se coloca enseguida sobre la mesa y este es el único momento de la velada que hace recordar á la que se celebra en los caseríos. La oración, el silencio, el respeto á la seriedad del padre de familia, todo ello campea en la misma forma que en el caserío. A medida que van tomando algunos alimentos comienza á hablar el arrantzale sobre las peripecias del mar ó sobre la suerte que han tenido, La esposa entrecorta sus palabras con algunas preguntas. El esposo continúa conversando sobre las faenas del mar. Habla de sus compañeros; de las utilidades acaso bien escasas, que se han repartido; de las penalidades que el tiempo, la estación y la crudeza invernal les ha hecho pasar, pero siempre mitigando algún tanto los pasajes tristes, con objeto de que sus palabras no sirvan de sufrimiento á sus hijos ni á su esposa. ¡Oh pescador! ¡Ser privilegaido del país euskalduna, que á tu heróica manera de vivir unes la religiosidad y nobleza de tus actos! ¡Cuán venerable apareces al presidir tu familia, pacífica como tu carácter, ducle, animosa como tus empresa; oyes el silbido del feroz vendaval, presencias el peligro constante del que te hallas rodeado, escuchas el amenazante ruído de las ondas que no sabes si te han de tragar ó te han de acariciar, buscas la felicidad donde acaso germine el anatema de tu muerte; evocas recuerdos de tu familia, de tu patria, de tu nacionalidad, cuando te hallas meditando entre los cielos y los mares, con ardentísimo deseo de volver al hogar que tanto amas, y quien sabe si al tornar la noche por el día, al encontrarse tu espíritu solitario en alta mar con insaciable deseo de volver, al sentir en retorno cerca de las acantiladas láminas de las montañas, el campaneo acompasado de la ermita de la costa, ese vehemente mar te atrae con fuerza semisalvaje hacia su seno, vuelca tu airosa embarcación, y con ruido que á tus oídos sonara como una imprecación del averno, ó como una feroz articulación, te impide mover los labios para la oración y clama como en vértigos de venganza: ¡no te conozco! ¡para mí no hay sacrificios! ¡muere! ¡ahógate! ¡sucumbe!!

Véis, señores, la figura


(1) Godofredo Kurth
(2) Emilio.


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